lunes, 4 de septiembre de 2017

Teorías y destinos


La tierra no siempre fue redonda. Hubo un tiempo indescifrable, apenas en el origen de la creación, cuando se trató de alguna masa amorfa, sin círculos ni óvalos, probablemente similar a una mesa, a una tabla, a una superficie lisa y llana. Este tiempo es absolutamente indescifrable, no podría existir con certeza ni en las ciencias más avanzadas ni en las fantasías más rebuscadas. Tiene que haber durado aproximadamente un minuto o medio minuto, o tal vez un cuarto de él. Tal vez duró milisegundos, o la fracción de ellos. No lo sabemos, jamás lo sabremos. El Helio se juntó al Hidrógeno y el Oxígeno al Carbono, cientos de elementos bailando una danza que, les aseguro, no era redonda. Porque amigos, la tierra no siempre fue redonda. En ese instante, previo a la formación, las figuras eran dispares. Miro el cielo intentando entender los ciclos. Pareciera que hemos existido y existiremos para convertirnos en núcleos sobre núcleos. Una célula junto a otra y a otra, círculos tras círculos, planetas en planetas, soles sobre soles, galaxias y demases. Me cuesta aceptarlo. Por eso imagino que, en algún momento, la tierra no fue redonda. Si el cielo me lo permite, si logro acertar en ese razonamiento, entonces mi ciclo podrá romperse, y así no tendré que cumplir mi destino al pie de la letra. Los imprevistos siempre deben estar considerados. Toda historia escrita los debe contemplar, jamás un propósito ha sido literal. Por eso me confirmo, mis pasos no están contados. Tal vez inevitablemente el ciclo se acabe, pero mis decisiones hasta entonces, me quedan a diestra. No hay siniestra que me engañe, la tierra no siempre fue redonda. 



domingo, 9 de julio de 2017

DE BUSES Y BANDERAS


Cuando escribí “Alma es +” necesitaba romper paradigmas. Junto con narrar la historia de Alma, conté los pasos de Anastasia, una mujer transgénero que se había dedicado al comercio sexual. Al comienzo, Alma siente un rechazo hacia su persona, pero lenta y gradualmente, Anastasia pasa a ser considerada su amiga, su querida Any. Sé que no solo Alma se encariñó con esta mujer, porque muchos lectores me han escrito criticando su adolorido final. El doble filo de la literatura me permitió entretener, mientras educaba. Contar mientras enseñaba. Mostrar realidades distantes pero cercanas.   
Hoy, frente al bus de la supuesta libertad, me doy cuenta que tantos esfuerzos por acabar con la ignorancia, son prácticamente nulos. Los avances de la sociedad civil en el reconocimiento de los derechos fundamentales se frenan por la falta de comprensión de algunos, quienes ahogados en sus cuatro paredes son incapaces de mirar más allá de su nariz.
Se alega intolerancia de parte de los que exigen tolerancia, es decir, de la comunidad LGBT+. Pero no. No es intolerancia. Es reaccionar frente a una falta de respeto. No es lo mismo una marcha de orgullo gay, que pretende el reconocimiento total de derechos fundamentales, a la circulación de un bus transfóbico que intenta coartar y restringir derechos. Uno suma, el otro resta. Es bastante simple.
Por todo lo que significa esto para mí, y como miembro de esta comunidad, quería referirme a algunos de los argumentos que se han usado:


  1. Religión. El Estado se separó de la Iglesia. Se estudia en la enseñanza básica. No hay ni debe existir influencia religiosa en las leyes y normas de un Estado, esto porque se gobierna para un grupo heterogéneo de personas, muy diverso de por sí.
  2. Naturaleza y sentido común. Todo lo relativo a la diversidad sexual no es natural ni normal. Sucede que tener luz eléctrica de noche, no es natural; alargar la vida frente a enfermedades mediante terapias, ventiladores y otras tecnologías, no es natural; viajar de Santiago a Europa en cosa de horas, no es natural. El ser humano se distanció de su naturaleza primitiva hace mucho tiempo y lo hizo en pos de su bienestar personal y social. La diversidad sexual es una manifestación cultural de esto mismo.
  3. El derecho preferente de los padres a educar a sus hijos. Único artículo que recitan casi de memoria. En primer lugar, es solo la excusa para justificar la defensa de sus ideales religiosos, porque sí, la base de todo obviamente es la religión. Dicen que se protegerá el interés superior del niño si ellos ejercitan su derecho preferente de educar a su hijo en los estándares homofóbicos, pero ¿qué pasa si uno de esos niños es gay o trans? Crecerá con terror, rechazo a sí mismo, culpa, rabia, depresión y hasta eventual suicidio. ¿Se protege el interés superior del niño o el derecho del padre a hacer lo que quiera? Hay que recordar que este manoseado derecho no va solito, se inserta en el derecho social de la educación y a la vez, se contempla como un derecho-deber, es decir, el niño es el sujeto de protección, no los ideales paternos-extremistas.
  4. Nadie se está metiendo con sus hijos. Nadie. Supuestamente es el Estado con la temida agenda gay quien se mete en el derecho preferente de los padres, pero resulta, que la materialización de este derecho se da en el hogar, no en el Estado laico. Aquí, en este mundo tan bonito y grande, uno puede ser quien quiera ser. Y los Gobiernos protegen esa visión de mundo, porque, al menos, a este estado de evolución y progreso hemos llegado.  No tema, el Estado no se meterá en su casa en su ejercicio de tapar el sol con un dedo.
  5. El derecho a la identidad. Existe, la tendencia mundial va en su progresivo y gradual reconocimiento. Los derechos humanos y fundamentales están aquí para quedarse. Jamás el derecho de libertad de expresión podrá atentar en contra de este otro derecho, porque las libertades individuales se acaban cuando comienzan las del otro.

Antes de conocer a Anastasia, conocí a otras tantas. Aprendí a escucharlas y a entender su transición. Porque resulta que Raúl siempre fue Anastasia, y tanto en la realidad como en mi novela, representaba al grupo trans ligado a la prostitución. Así la quise mostrar, como el estereotipo extremo, uno que se acercaba a la realidad que más evitamos. Por eso no me puedo quedar callado frente a este tema. Cuando escribí una novela basada en una temática tan tabú, como lo es el SIDA, me fue necesario abrir la comprensión del lector de uno y más paradigmas. Afortunadamente, Alma y Anastasia han llegado a muchos jóvenes para contarles otra versión del mundo en el que viven, uno que los padres intentan ocultar.

Me duele que hoy este bus circule por mi país porque somos muchos los que hemos trabajado arduamente para conseguir cambios y avances en esta materia. Es injusto, es doloroso. Cuántos terapeutas intentando convencer a sus pacientes que deben aceptarse a sí mismos, cuantos niños dudando de la convicción que les grita desde el interior, cuántos jóvenes al borde del suicidio. Ellos pueden ver una bandera multicolor que les invita a vivir, y también pueden ver un bus que les invita a morir. Me duele ese bus, me duele Chile.   

miércoles, 22 de febrero de 2017

Detesto vivir solo.


Mi mamá nunca ha venido a tomar once. Y eso que me fui de casa hace más de un año. Creo que debe darle mala espina. Tal vez cree que le echaré algún veneno en la comida. Mis abuelitos tampoco, pero constantemente vienen a verme, es más, hasta me traen regalitos. El otro día mi tata me trajo un Trencito, chocolate. Como soy un cerdo sin límites, me lo comí en un par de minutos.

Vivir solo es otra volá. Hay que preocuparse de tantas cosas, cosas que la mayoría del tiempo paso inadvertidas. Como comer. Qué cosa más innecesaria. No, mentira. Desde que vivo solo creo que como el triple de lo que comía cuando vivía con mi familia. En parte debe ser porque éramos cuatro hermanos, dos padres, un perro y una gata con mil hijos. Por otro lado, también el pololeo dicen que te engorda. Un poco de ambas tal vez.

En casa, yo no podía dejar ni un yogurt solito en el refrigerador. Mis tres hermanos menores no aguantaban tener un producto nuevo sin consumir. El cereal duraba dos días. La bebida, el almuerzo. No comíamos pizza porque siempre a uno le tocaba un pedazo más chico y había pelea. La leche era escasa, los huevos no existían y el que llegara tarde a almorzar, simplemente cagaba. Prácticamente una jungla. Por eso cuando llegué a mi nueva casa, donde en realidad arriendo una pieza toda cagá, sentí que por fin podría dar vigor y fuerza a mis huesos descalcificados.

Al principio me creía cocinero master-chef. Me preparaba todos los días almuerzo con una alegría y entusiasmo que hoy extraño, porque luego de tanto tiempo cocinándome para mí mismo, llegué a dudar existencialmente de la necesidad de comer a diario. Como será que hasta seguía en Instagram a la Dani Castro para ver sus recetas. Ahora con cuea, compro humitas todos los días en la Buena Carne, y si no, como tomate con palta. Pero es cuando estoy solo, porque cuando el amorcito llega a casa, entonces descanso y me dejo servir como rey. Es en esos momentos en los que engordo. Es que tiene un afán cocinero en el corazón, y a diferencia de mis platos insípidos, los suyos son un manjar de la gloria.

De todas maneras, hay mil otras cosas que detesto de vivir solo. Tener que oler la ropa para saber si está sucia, tener que echar la ropa al canasto de la ropa sucia, y luego, tras un mes de reposo, tener que echar la ropa a la lavadora. Es un proceso muy tedioso, porque no termina ahí, luego tienes que sacarla y ponerla a secar. Me dio paja de solo escribirlo. Al menos, ahora sé cuál es mi ropa. En mi anterior casa, con mi hermano ocho años menor usábamos la misma y ninguno entendía quién era el verdadero dueño (tiene que ver con mi tamaño, no se burlen). Ahora, si hay manchas extrañas en mis boxers, no puedo echarle la culpa a nadie.

Y los ruidos… detesto tanto silencio. Yo antes no vivía en una Villa, vivía en el centro de una gran ciudad (San Javier, un pueblo de mierda). Frente a mi hogar había comercio todo el día, con la característica música de temporada para atraer clientes, y por las noches, se escuchaban la música y sonido del café con piernas que miraba desde la ventana. Pero eso no era lo mejor. Lo mejor era que detrás de mi casa, en mi patio, había una iglesia evangélica. SÍ. EVANGÉLICA CONCHEMIMARE. Mis papás no hallaron nada mejor que venderle la porción interna de nuestro hogar a un grupo de religiosos homofóbicos que, con la doble moral en la frente y con canciones rockeras, me dirigían la vida semanal. Qué maravilloso. Extraño tanto eso. Tanto. No. Mentira. Agradezco a Dios mismo que me haya sacado de ahí. Ahora me puedo pajear los domingos en la mañana sin escuchar Gloria a Dios después de eyacular.

Era terrible. Yo salía a la puerta de mi casa y a cada rato pasaban y pasaban jovencitos adictos al show que vendía esta popular iglesia. Niños que se pasaban del jale al culto de jóvenes y luego de vuelta al jale. El show semanal de excelencia se transmitía los sábados. Ahí sí que le ponían color. Luces, saltos, batería, música a todo chancho. Un clima ideal para un estudiante de Derecho sin tiempo.

En realidad, lo más detestable es que había actividades todos los santos días, y el micrófono tenía un nivel de amplificación superior a cualquier decibel permitido, a propósito, a ver si el mensaje te entraba al alma por la fuerza.

Así que, aunque no asistiera, daba igual, escuchaba toda la hueá desde la cama donde intentaba estudiar. Y eso era lo triste, porque los pastores, ambos, aunque más la esposa que el marido, hablaban como si fueran colombianos-venezolanos-cubanos, siendo que nacieron en el más campo de los campos chilenos. Nunca entendí el afán de pronunciar todo el mensaje en un acento latino. Tal vez veían muchos videos de sus referentes de Miami y por eso se les pegaba. No sé. Pero al ratito, escuchaba por la ventana a todos los feligreses hablando igual. Como si ser cristiano fuese sinónimo de hablar como la doctora Polo. No tengo ningún problema con los extranjeros, tengo un problema con los evangélicos que hablan mal.

A las dos semanas de llegar acá a mi casa, estaba un domingo en la mañana disfrutando del silencio (eran las 11 A.M. y estaba en paz), cuando de pronto sentí un himno, era el canto angelical de seres cristianos. Me dio más miedo que la chucha y pensé, Dios me va a perseguir hasta los confines de la tierra. Luego escuché campanadas. Ahí pensé que me había recagado la vida y me había mudado cerca de otra iglesia culiá. Pero luego entendí lo evidente: era un entierro. Porque sí, ahora vivo a una cuadra de un gran Parque del Recuerdo.

Y tener a fantasmas de Roomies ha sido toda una aventura. Al principio creí que no podría con el crujir de las puertas o el resoplar de las paredes, pero luego me acostumbré. Hasta tomamos tecito juntos. Me cuentan que están cagados de calor, que como el parque es nuevo, los arbolitos aún son muy chiquititos y la tierra se calienta.  

Pero sin duda, lejos lo más horrible de vivir solo es tener que sacar la basura. Sobre todo, porque donde vivo, pasa lunes, miércoles y viernes a las 8:30. Eso implica que si tengo libre alguno de esos días (como los tuve en algún tiempo), no puedo pasar de largo, tengo que pararme, ponerme pantalones y salir a sacar la basura. ¿Pero por qué no la sacai en la noche? Porque en mil oportunidades lo he hecho, y en esas mil, los perros culiaos han dejado toda la calle llena de mis papeles con mierda. Un espectáculo vergonzoso.

La verdad es que ahora ni voy a mi antiguo pueblo. Mi casa ya no es mi casa porque los pastores de la iglesia se aprovecharon de la ingenuidad de mis padres y los estafaron robándoles lo que  quedaba de terreno (amparándose en una supuesta válida venta), mi hermano menor murió luego de haberme intentado matar, mis hermanos pequeños no me rajan porque están en la adolescencia y pre-adolescencia, mi gata, la Alma, se olvidó de mi olor, mi perro murió y, meterse en el living de mi antiguo hogar es como entrar a un infierno de hormigas religiosas extremistas.

Lo bonito de todo, es que ahora vivo solo. Oh wait. Qué bacán… ¡Vivo solo!




jueves, 24 de marzo de 2016

Coleccionista de mil historias: Alma es +

Coleccionista de mil historias: Alma es +: Titulo:  Alma es +. Autor: Daniel Acuña. Editorial : Ril editores. Sinopsis:  Alma es declarada VIH+ a los 17 años, lo que prov...

lunes, 29 de febrero de 2016

De Alma y otros silencios.

Un comentario en la sección de Artes y Letras de El Mercurio, de ayer 28 de febrero de 2016, me despertó algo que guardaba en silencio. Un crítico se refería a mi recientemente publicada novela “Alma es +”. Leí con agilidad sus palabras y caí en cuenta del gran milagro de la literatura; no estamos solos con la pluma. Alma, mi princesa desencantada, ha pasado de mente en mente, y hoy vive en el recuerdo de otros tantos que se alejan de mi. Es gracioso pensar que de pronto, lo que parece un simple juego, pueda transformarse en algo cierto y real.
El crítico desentrañó una serie de comentarios, positivos y negativos, prefiriendo obviamente los segundos finalmente, pero sin tomar en consideración uno de los puntos esenciales de mi propuesta: jamás nombró el VIH/SIDA. Y fue de tal impacto ese hecho que me obligó a venir hasta este podio y contarles mi impresión.
WOW. El relato no descansa en su temática, la historia se sujeta en las letras. Saber eso, es glorioso. Lo que comenzó siendo un proyecto sociocultural enfocado a un restringido público juvenil para justificar fondos de cultura financiados por el gobierno, terminó convirtiéndose en una real obra de arte, una que merece crítica en uno de los diarios más prestigiosos de nuestra nación.
Es bonito, creo yo. Es bonito y a la vez impactante. Al menos para mi. Se podría decir entonces que cuando digo que soy escritor, no estoy del todo equivocado. Tal vez sí lo sea. Y aunque hoy dejara de escribir obras, historias y novelas, seguiría siéndolo, porque tal calidad no se pierde por el no ejercicio.
Hace un año, una de mis obras dramáticas fue publicada en una Revista Mexicana de Teatro con una elocuente presentación de manos de uno de los dramaturgos más importantes de Chile. Elogiaba mi trabajo y me prometía un buen futuro en las letras. Pues bien, en ese entonces, no le creí demasiado a don Juan Radrigán. Tal vez aun no confiaba en mis talentos. Creía demasiado que todo dependía de las temáticas. Que sin mi necesidad de generar algo en lo mediático-social no podría tener un trabajo concreto. Y es que siempre he creído que el objetivo es más fuerte que el método, pero esta vez, ha sido distinto: el elogio ha venido al estilo.
Se criticó el melodrama y la suntuosa trama de la historia de Alma, y no es para menos, siempre supe que la historia bordeaba los límites de la realidad porque intencionadamente fue construida de esa manera. Necesitaba capturar a un público diferente, atrapar al que no se plantea tomar un libro por su buena redacción. En tales situaciones, lo más ajeno a la realidad puede ser lo más atractivo; los sueños se mezclan con el deseo y así el impulso literario puede atrapar al extranjero. Y en el intento de conseguir una trama casi hollywudense con una  perfecta estructura aristotélica, pues que sin quererlo, a la vez, he desarrollado un estilo. Pues que sin quererlo, mis palabras valen sin el objetivo, sin la meta, porque existen y ya. Y eso, saber eso, vale oro.

Link con el comentario.
http://www.elmercurio.com/blogs/2016/02/28/39723/Buena-partida-debil-llegada.aspx

viernes, 20 de noviembre de 2015

Tierra segura


Era temprano. De madrugada tal vez. Recién había sido muy tarde. Fue solo un pestañeo. El calor en el pecho me asfixiaba, pero en vez de desesperarme, generaba una sensación de parálisis que aún temo. Cada cinco minutos cerraba los ojos implorando piedad, quería pestañear y que todo fuera una mentira. El día comenzaría nuevamente, y nada de aquello habría ocurrido. Ninguna de las lágrimas, reprimendas o desapariciones. Ninguna de las acusaciones, secretos o condenas. El día no volvió atrás. Y el jueves se prolongó. Porque cuando no se duerme no se avanza, sin descanso no hay día nuevo. Así me quedé atrapado en un jueves diecinueve del cual me tomó siglos mentales salir. Y si. Y si. Y si tan solo nada de esto hubiese pasado. Si tan solo las cosas hubiesen quedado como estaban. En el más oscuro de los secretos.
Era viernes. Hacía calor. El sol volvía a salir en pleno verano, pero no podía yo sentirlo. Mi cuerpo no captaba nada del exterior. Por dentro, construía un imperio. Un imperio majestuoso. Fabuloso. Un reino indestructible. Cientos de hectáreas de bosques nativos, riachuelos que se transforman en grandes ríos de agua cristalina, animales en un estado primitivo de hermandad; y en el centro, un hermoso castillo de piedra. Diecisiete pilares sujetan la base del lujoso edificio que se erige como el centro de mis operaciones. Un cuarto escondido en lo más alto de la torre más alta es mi habitación del pánico. Allí aparecí la primera vez, buscando la propia protección. Con el tiempo descendí a conocer el resto de habitaciones. Todas tan majestuosas como la primera, tan asombrosas que contemplar su perfección, eriza la piel de un humano corriente.

Han pasado años en la tierra, pero aquí, los días pasan lento. Cada día descubro nuevos parajes, nuevos animales, nuevas planicies; cada una más bella que la anterior. Es un mundo fantástico, tan lleno de vida y luz, tan amigable y seguro. Lamentablemente, en él solo cohabito yo. Desearía pudieras conocerlo. Te sentirías orgulloso de mi. Ojalá algún día mi paraíso abriera sus puertas al desconocido, pero lo dudo, hay leyes que jamás deben quebrantarse, hay límites que no se transgreden. 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Alma es +

Estoy a solo semanas de mi primera publicación.
Es una novela, titulada "Alma es +"
Quería dejarles la sinopsis.


«¿Has pensado en el suicidio? Yo sí. Muchas veces. Pero como por hobby. He descubierto y, sobre todo, he optado por el método más cruel y doloroso de cometer un suicidio. Este bendito mecanismo lo he puesto por título a mis días: la espera».

Alma, una joven de solo diecisiete años, debe renunciar a la carrera de sus sueños tras recibir el examen que la declara VIH+. Negando la existencia del virus y entendiendo que la ficción humana le impide ser parte de la PDI, entra a estudiar periodismo simplemente para pasar los días. Allí conocerá a León, un joven excéntrico que intentará conquistar el corazón de la niña solitaria. Sin embargo, un secreto del pasado los reúne en una paradoja. Descubrir este vínculo, despertará en Alma una oscura lógica de venganza que la sumergirá en los parajes más hondos del terror humano. Con el peso de la muerte persiguiéndola y una nueva vida en torno a sus medicamentos, Alma comenzará una última búsqueda para intentar enmendar sus errores.


Este es un relato en primera persona que nos cuenta cómo el miedo se transforma en una enfermedad, que junto con la soledad y el egoísmo conducen a la muerte. El viaje de Alma nos invita a reflexionar acerca de la ignorancia de ciertas condiciones que conviven con nosotros, de cómo la discriminación es más mortal que un virus y de cuánto influye el prejuicio en nuestros tabúes.

jueves, 1 de mayo de 2014

Solo a veces


Solo a veces es que tomo mi pistola imaginaria, la meto en mi boca, jalo el gatillo y me mato. Y luego, muerto, vuelvo a tomar mi pistola imaginaria fantasma y me remato, una y otra y otra y otra vez. Pero ni siquiera en mi fantasía se borra lo desastroso del mundo, y menos el caos de un enredo de banalidades. Y mientras tanto, aquí, uno, que quiere ser eterno en una tierra tan intrascendente y superficial. Pero como dice el título, esto que cuento, es solo a veces, el resto del tiempo; la mayoría, no es así. 

jueves, 13 de marzo de 2014

Bzzz


Nunca olvidaré el día en que mi madre me contó una terrible historia. Esos seres pequeños amarilos, que lucen divertidos y  hermosos, son en realidad, un peligro para tu vida. Dani, si eres alérgico al polvo, polen, plátano oriental, ácaros, tierra, flores, árboles exóticos, zancudos, chanchitos de tierra y otros, de seguro eres alérgico al veneno de las ABEJAS.

El mundo no volvió a ser igual, yo solo tenía cuatro años. Cada vez que iba al patio, a la llave del agua, lo hacía corriendo porque obvio que ésta estaba llena de esas amarillas lindas pero perversas. No les tenía miedo porque fueran feas, de hecho, si fuera por eso, le tendría miedo a las moscas verdes; les tenía miedo porque estaba obligado médicamente a temerles.

A mí una vez me picó una abeja, contaba mi mamá, estaba caminando a pie pelado en la orilla de la piscina y sin fijarme, la pisé, y fue el dolor más grande de mi vida. Desde ese momento, tuve otro dato al terror, no andar a pie descalzo… NUNCA.

Fue así como crecí temiendo y respetando a las creadoras de miel, y aunque sus colores me eran demasiado llamativos (negro y amarillo es una combinación sicodélica considerable para un desquiciado como yo) no podía dejarme llevar por las apariencias.

Pasaron exactamente 21 años y once días desde mi nacimiento, cuando finalmente, me ha tocado enfrentar el panorama que Mamá juraba catastrófico: Te vas a inflar entero y no podrás respirar y luego morirás, y si te alcanzan a salvar, te llevarán a urgencias y con un lápiz bic, te harán un hoyo en la garganta para que puedas respirar; y después, estarás un mes en rehabilitación.

Bueno, la cosa no  fue tan tan tan así.
Iba yo caminando, con mis 21 años, orgulloso de ser inmune a los aguijones, cuando de pronto siento un aire viciado, era un aire espeso, era un aire suicida. La pobre abeja depresiva no pudo más con sus culpas, su terrible abeja reina le exigía el triple de miel y no la dejaba ver a sus críos, así que en un afán desesperado de acabar tanta agonía, se abalanzó sobre mi rosada y hermosa piel de antebrazo, e insertó toda su abejidad. AY CONCHETUXXX, dije (fino el hueón). No, mentira, dije: Rayos y Centellas. Y lancé sin mirar lo que había en mi brazo. Miro al suelo y la veo, agonizando. Sus ojos, con mis ojos, su sonrisa, con la mía.

Yo: No, no te vayas.
Abeja: Es tiempo.
Yo: ¿Pero por qué? Eras tan joven…
Abeja: No eres tú, es la abeja reina, es la miel, son los hijos…
Yo: Pide un último deseo.
Abeja: Deseo haber afectado a alguien en esta vida.

La abeja de mierda, cumplió su deseo. Cuatro horas después de haber vivido su funeral, porque apropiadamente cavé un agujero y la enterré con las buenas del Señor; cuatro horas después, yacía yo ahogado en la camilla de reanimación del Hospital de San Javier.

Todo fue más o menos así.
Llegué a casa. Todo bien. Comí, todo bien. Prendo la tele, y no sé si fue la angustia de la muerte de Ignacio Goycolea o qué, pero el corazón me comenzó a acelerar, la garganta se me apretó, el aire escaseaba en los alveolos, y un sarpullido apareció en mi pecho. Así que con mi sabiduría en drogas fuertes, fui y me tomé un ibuprofeno.

Todo estará bien. Todo estará bien. Pura sugestión. Pura sugestión. Es culpa de mi Mamá que me asustaba cuando niño, porque las abejas son buenas, hacen la miel, son amarillas como el sol que es bueno, son bonitas, son lindas, murió por uno que es humano y peverso, pequeña, Nada pasará. Na….

Caminé de mi casa hasta la Urgencia y venia más mareado que después del Samba. Toqué la puerta de ingreso porque el corazón ya se me salía de lo rápido que galopaba. Nadie aparecía, y la sala, llena de gente. Después de un rato, una auxiliar mascando chicle me ingresó al sistema y mando afuera a esperar.

Yo me concentraba en respirar mientras tanto al lado una señora contaba que Dios quisiera no hubieran borrachos, porque venían los pacos y los hacían pasar primero que a todos los moribundos con tal de constatar lesiones pa’ meterlos presos. De repente se oye la ambulancia, Mierda. Y así me ahogaba, esperando que atendieran a las cuatro guaguas llorando, a la señora que gemía de un dolor interior (porque no se le veía mal alguno desde afuera), y a la niña de trece años que llegó embarazá y con hemorragia.

Pero inevitablemente me tenían que hacer pasar, y así fue, en el momento preciso. Me vieron la cara de bañista sin salvavidas, y me metieron a la Sala de Reanimación. Yo respiraba cortito para guardar aire para más tarde, por si escaseaba (es que ahí en los hospitales escasea todo), pero como que eso más aceleraba mi corazón. Me pusieron una vía para colocarme un medicamento, y me conectaron a esa maquinita que sale en la tele y que marca tus pulsaciones. Pi, pi, pi, pi. Al comienzo dije, puta que entrete, a la hora, quería asesinar a la máquina de los pitidos enfermantes, a la hora y media, deseaba que el corazón se me parara para no escuchar MÁS ESA HUEAAAAAAAAAÁ.

Lo más terrible fue que para hacerme el simpático, e intentar ablandar los corazones duros de los funcionarios públicos de hospital, le dije al tipo que me pondría la vía: Mmm, no hay mucha pega hoy día, andan medios desocupados. PERO JURO QUE ERA UN CHISTE IRÓNICO. La cosa es que no lo entendió, un compañero de pega, super paleteado, que estaba más allá, lo empezó a hueviar. Y así fue como que la vía que me puso fue la más gruesa, y en toda la muñeca, cosa que al moverla, me doliera más que la chucha.

Después de inyectadas las dosis pertinentes por el aparato, esperé. Atendieron a toda la gente alharaca de urgencias y los paramédicos, auxiliares y el gran médico, se fueron a una sala detrás de la de Reanimación, a tomar tecito. Las carcajadas eran tan fuertes, que llegaban a hacer interferencia con mi máquina de monitoreo; parecía como que el médico contaba sus historias de Clínica Privada, sin duda mucho más divertidas y felices.



Y pasaron los segundos, los minutos, las horas. Y de pronto, se acerca el simpático doctor de turno nocturno, siendo las dos y media de la mañana; me mira una vez con cara de empleado público en paro, y se da la vuelta al PC. Se pone a murmurar medicamentos, que nunca escucho, y apreta imprimir. Eso es lo que tomará, dice mirando la salida de la sala, deja el papel impreso encima y se va.

Señorita, señorita. Creo que me tengo que ir pero tengo una vía metida en la vena y unos chupones pegados a la cuerpa. La señora sumisa y devota del doctor joven, sin decir nada, se acerca, me saca el scoch de la vía de un tirón regalándome el depilado de muñeca, y me saca los chuponcitos de pecho. Se va y yo asumo que me tengo que ir.

Había ido caminando a la Urgencias, porque Mamá (la del pronóstico catastrófico) ya estaba acostada cuando decido alergizarme. Y Papá me había texteado que me esperaría afuera del Hospital o que lo llamara. Salgo, no hay nadie. Voy a llamar. Teléfono sin carga.


Así me voy caminando a la casa, reflexionando, Dónde estará ahora, Pequeña Abeja Suicida, Habrá cielo de abejas, Dónde dejaste a tus críos, Dejaste Testamento, Cuánta miel hiciste en tu vida, Estabas secretamente enamorada de la abeja reina, Cuántos años tenías, Era mi piel rica, Valió la pena. Y el frío de a poco, me fue helando las neuronas, hasta que solo llegué pensando que Mamá tenía razón, esas abejas asesinas son unas enfermas bipolares que pueden matarte con sus abejudos desequilibrios emocionales. Cuando tenga un hijo, lo primero que le enseñe, será sobre Abejas, Suicidio y Dolor. 

viernes, 14 de febrero de 2014

Fábula de un error.



Por un terrible error del destino, mi pecho ha quedado prendado de la parte más alta de aquel árbol que usted ve por delante. Es un roble de tamaño inmensurable, y se preguntará como habrá, un ser pequeño como yo, llegado a las alturas de aquel ser vivo. Pues bien, le contaré mi historia, pero solo en afán de buscar ayuda, puesto que como le dije, es mi pecho el que está allá arriba.

Iba yo caminando de vuelta de la festividad, cuando por un quehacer mágico de los vientos, se ha desatado un torbellino en este camino enlodado. Fue mi equivocación desde un comienzo, sí, debí tomar el camino cotidiano, pero por el apuro de llegar luego a casa me he tomado el atajo y me he visto en tal circunstancia. Pues como le decía, entonces aquel torbellino ha arrasado con todo a su paso, incluido mi persona. Me ha agarrado como tormenta a la arena y me ha subido y bajado, golpeado y lastimado, herido y noqueado. Y luego de tanta maldición junta hacia mi persona he acabado entre las ramas de aquel majestuoso árbol, justo por encima de la copa.

Comprenderá que descender del mismo ha sido una desgracia. En primer lugar por el terror que he tenido a las alturas, por un tiempo creído superado, pero revivido en tal momento. La aversión llegó al extremo de que para descender totalmente me he soltado de todo agarre,  de ese modo, llegaría a suelo, como fuera. Así ha sido, y luego de un par de horas agarrado como gato, he cerrado los ojos y abierto las extremidades. Solo mi pecho era sostenido por la copa del árbol. En ese momento es que me vengo abajo, rebotando de rama en rama, de hoja en hoja, hasta que de pronto, he chocado de súbito contra el estiércol de esta tierra. Con el olor impregnado en la nariz, he sentido el vacío profundo de mi pecho ausente, y apenas ese segundo sucediera, he mirado a lo alto sabiendo que mi paz ha quedado atrapada en aquella primera rama del gran roble.


Quisiera ahora, ante vuestra presencia, contar con su ayuda, sé que tan noble corazón no podrá resistir el llamado de mi auxilio, y es que llevo tantos años atrapado junto a este árbol, que cuando le he visto venir, he comprendido por la luz de su presencia, que esta noche, con mi pecho, me he de reencontrar.

sábado, 25 de enero de 2014

Cuentos para dormir


Partir diciendo que este castor era bastante, bastante, pero muy bastantemente (dándome la licencia de crear palabra) obstinado. Era tanto así, que por más que su corazón le dijera algo, su mente acababa por convencer que el raciocinio siempre le traería el alimento a casa. Maldita vida segura del Castor. Se quedó con lo seguro y nunca, nunca, pero muy nuncamente (dándome nuevamente la licencia) se arriesgó a llegar más lejos. Hasta que, bueno, hasta que inevitablemente debiera conocer a la señora Castora.
Ese buen día, en que la cola erecta del buen castor diera un respingo ante la damisela en apuros, fue el propicio para explorar el mundo inseguro del más allá de la nariz. Lo que hizo fue, justamente, avanzar hacia el exterior de su territorio. Cosa nunca hecha desde de su nacimiento. Y en esos tres pasos más que dio para salvar a la dama en apuros, atrapada por un tronco caído de improviso, comprendió que nunca volvería a poner su vida en peligro.  La señora Castora, aun no señora sino que señorita, le movió su cola en busca de amor, pero el Castor rápidamente volvió a su dique, y siguió y siguió con su afán.
Se lo pierde. Repitió por años la Castora, la misma que construyó el dique a tres pasos más allá del territorio de su vecino enamorado, el buen y obstinado Castor. Tuvieron que pasar decenios de vida Castora, para que el viejo y obstinado señor Castor, tomara las agallas de avanzar otros tres pasos y conquistar un nuevo territorio, el de su señora.
Y así ambos fueron felices. Claro que escasamente felices, ya que nunca, nunca, nuncamente, el bastante, bastante, bastantemente obstinado Castor, dio la posibilidad de alcanzar algo nuevo en sus vidas. Siendo el final de la historia muy crudo y pesimista.
-         -   Abuelo
-          -  ¿Qué?
-          -   Esa historia no me da ganas de dormir
-          -  ¿Por qué no? Es muy triste, a mi me dan ganas de dormir con la tristeza.
-        -  A mi no, cuando algo me da pena, me quedo pensando en eso hasta que amanece y luego ando cansado       todo el día por no dormir.
-         -  Bueno,  no seas idiota, cabro chico, y duérmete.
-         -  Pero…
-         -  Pero nada.
-         -  Pero, y si algún día el Castor se atreviera a salir más allá ¿Me lo contarías?
-         -  No lo creo.
-         -  ¿Por favor?
-         -  Bueno… pero en muchos años.
-         -  Gracias abuelito.


El niño se dio vuelta, y en sus ojos brilló la esperanza. El anciano se levantó de la silla, apagó la luz, caminó hasta el pórtico de la casa, avanzó seis pasos hacia la casa vecina, y cuando iba a dar el séptimo se devolvió otros tres. Volvió al pórtico, se sentó en su silla de ruedas, y se durmió riendo.  

martes, 31 de diciembre de 2013

Supervivir


     
“Todos estamos en el fango
pero algunos, miramos las estrellas”
Oscar Wilde




Este año, sin duda, ha sido el año en que menos he escrito para este blog. No por ello he dejado de escribir. Al contrario, he escrito demasiado, pero en cuadernos que tal vez nunca vean el sol. Ha sido un tiempo maravilloso. En la soledad, el silencio y la paz, he logrado, finalmente, sanar mis heridas. Poco y nada recuerdo de las vidas pasadas, y mucho espero de la que construyen mis pies. Soy más que un sobreviviente, porque he aprendido que aunque la muerte te pise los talones, la vida es la que única que siempre le hará frente.
Otro paso en mi carrera, un año menos para salir. Otro paso en mis letras, dramaturgia, literatura, desahogo y esperanza. Otro paso en el amor, hacia la vida, por sobre todo, que es mi Dios. Otro paso hacia el mañana, que es el hoy, que ha sido siempre el eterno momento de satisfacción, de haber y conocer el dominio de la paz.
He aprendido que el dolor no nos hace más fuerte. El dolor nos destruye, nos encierra, nos cubre de mentiras y de falsas esperanzas, es el vacío que nos pesa en el pecho; ese que inmoviliza. Pues, he aprendido que el amor nos da vigor. Que el amor es el centro de la esperanza, de la fe y de la fuerza. He decidido amar. He decidido dejar atrás los remordimientos, las culpas, el daño, para ahora escoger el camino de la victoria. Soy un superviviente. No porque haya pasado grandes cosas o mi vida sea una tragedia. Soy un superviviente porque mientras los sobrevivientes se sujetan del dolor para alegar sus triunfos, yo me humillo ante el perfecto amor para delegar el honor de aprender a vivir un poquito más cada día. Soy un superviviente porque mi bandera no está en mí, está allá arriba, en la estrella que alumbra mi camino.
Tal vez algún día pueda contar lo que significó este 2013 en términos concretos. Sí, nunca he sido concreto la verdad. Pero el día que muera, espero que en muchos años más, se abrirá una carta que contará esta historia. Por el momento, ha de ser suspendida en el tiempo, porque en su verdad, solo podrá develar paz cuando valga la pena.
Gracias. Sin la gente que me rodea, sin mi familia, sin quienes me aman, no podría estar de pie flameando victoria. El barro me ha hecho moldeable, el fango me ha dado las ganas de mirar arriba, a la luz, a la verdad, al camino, a la gloria.  

Que ni viento, ni barro, ni muerte en contra detengan tu espíritu.
Que la luz de tu pecho, que es tu soplo, lo pueda contra todo.
Que el nuevo año sea el tiempo de tu victoria.
Felicidades.



jueves, 21 de noviembre de 2013

Racconto




Cuando las fuerzas de la vida nos jalan hacia un precipicio, uno tiene dos opciones; dejarse caer, o aferrarse con todas las fuerzas. Ambas generan un problema en nuestro interior. Si me tiro, muero, si me quedo colgando, jamás podré ser feliz. Parece una paradoja, un gran juego falso y doloroso que en el fondo no llevará a nada. Por eso mismo es que no queda más opción que dejarse caer.

El acto de decisión requiere una fuerza sobrehumana, es posicionarse en una visión de águila y sembrar un panorama que no es común a la vista de los contemporáneos. La caída con esperanzas será la fe que elevará al aventurero.  Y es que cuando el aire atrape mis emociones, las ideas, los temores y fantasías, todos mis amigos y enemigos mentales, desplegarán un velo de carácter indomable, convertido en la salvación de mi derrota.

Elévate. Y cuando el aire se te pegue a los poros y tu propio cuerpo, alma, sentidos, sean todos el mismo viento que iba en tu contra, entonces sabrás que no queda más que caer y volar. Desde el fondo de la humillación, y el hondo sonido de caos, hemos de salpicar vida contra la muerte.
Alas del porte de cien cuerpos desplegados de la mente infinita de quien albergó tanto dolor, y ahora en un vaivén de vientos húmedos, se mece en victoria a una nueva estación.

Volver. Volver a volar.
                                  Volar. Volar a volver.

Estás en la cima, estás en la orilla, estás que te caes, estás que te elevas. Un dos, volver, tres cuatro, volar, un dos volver, tres cuatro volar. Un dos, tres cuatro, un dos tres cuatro un dos tres cuatro, volver.

Algún día, nos cansaremos de esto.

(Es una jungla, ¿la ves? Está muy oscura. Hay árboles pegajosos por la lluvia, y bichos asquerosos intentan subirse a tus meñiques. Corres pero el miedo paraliza tu visión, tus movimientos, hasta el pensar de tu mente. Ayuda. Ayuda. Volver. Volar. Ayuda, ayuda. Una luz en el fondo. Está lloviendo, no te importa. Lo que sea menos este lugar. Corres, corres sin más que desear el lugar y cuando por fin sales de la jungla y vuelves a la playa de siempre, un calor ilumina tu pecho y lo hace convertir en tranquilidad. Olvidas que has vuelto, que en un intento de escape de esa playa solitaria, has volado de vuelta a la zona segura.)

Algún día, el volver no será la opción, y el día que usted se aburra de tanto volar en círculo. Entonces sabrá que el juego mal pausado, se habrá…

Un dos, tres cuatro, un dos dos dos dos dos dos dos. Alto.

Volar, volver a volar. 
                                Volver, volar a volver.

Recapitula, recapitula. 
Aquí, cuelgo de un abismo. Tengo dos opciones. Dejarme caer o aferrarme y quedar colgado y ser infeliz para siempre. Si me lanzo puedo volar, pero eventualmente volveré a estar en este lugar. Es un mal juego. Pero… Y si… Y si… ¿Hubiese otra opción?
No desplegar las alas. Imposible, morir no es opción. Ya sabes, es mucho más simple, es la simpleza de recordar lo que fuiste desde siempre.
Racconto. Vuelas para no regresar.

Cuelgas.
Puedes caer o quedarte ahí,
                                      o armarte de valor y usar toda tu fuerza para escalar, salir del abismo, seguir tu senda, tu camino, continuar sabiendo que en caso de quedar a la deriva de algún precipicio, ya conoces el tercer compás de la historia.


La caída con esperanzas será la fe que elevará al aventurero, pero la fortaleza de escalar el abismo será el poder de tus alas perfectas.  Un dos, tres cuatro, cinco seis, trece, infinito. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Bisión Vorrosa.



Hay mucho silencio y un gallo canta en la aurora. Es de noche, entonces los ruidos disminuyen. Pero también es de madrugada, así que los sonidos amanecen. Es confuso. Es, sin duda, uno de los momentos más confusos de la vida, perdón, del día. Aun así, no hay luces, aunque intento mirar al gallo, se pierde entre la oscura silueta de los árboles. Desde mi balcón no se visualiza ni el más leve atisbo de sol. Solo reflejo lunar. Sigue cantando, aullando, o cacareando. Qué fea palabra cacarear. El gallo no cacarea ni aulla, el gallo siempre ha cantado. Es una canción melódica pero agria, se torna pesada al gusto porque al sostenerse reiteradamente en el tiempo, entonces afea la belleza de su entonación. Quisiera que ya se detuviera. Que por fin se definiera entre ser claro o. No logro ver. Ser oscuro. Un día escuché que hay un punto del día, en que todo es más negro que antes; en que las luces se van neutralizando para que en un segundo fugaz, el mundo quede en completa oscuridad.  Sin luz, no veo. Sin luz, no siento. Claro que sí, pero menos. No entiendo algunas cosas, o la mayoría carece de sentido. Pues en ese momento, la Tierra se prepara para dar un nuevo giro; uno rutinario, pero nuevo. Totalmente nuevo. Cada amanecer es distinto. Sin embargo, hay algo peculiar en esta historia que me dicen. Se supone que el gallo cante por la felicidad de ver la luz de aquel nuevo amanecer. Pero esta mañana yo escucho al gallo en medio de lo siniestro; yo escucho su canto entre las sombras más tenebrosas. Allá a lo lejos, cerca de los árboles que dan a mi balcón. El gallo se esconde entre las siluetas de un cielo levemente alumbrado por la difusa estrellada.  Hay mucho silencio, lo sé porque suelo captar la realidad como ningún otro, y en medio del caos que significa aquello, un solo gallo en el mundo, desafía la gravedad de la naturaleza, por mí. Creo que alguien lo matará luego de esto, tal vez una luna o una estrella busque la venganza de darme una señal cuando me correspondía el sufrir incierto del porvenir cotidiano. La vida debía ya de haberme enseñado que las cosas no eran de esa manera. El gallo sigue cantando, y su canto, en mi oscuridad ha sido hermoso; a pesar de mis ojos perdidos,  a pesar de mi cuerpo a tientas buscando el norte, y a pesar de la oscuridad plena. De a siluetas que reaparecen en mis recuerdos, de luces que se mezclan con la esperanza de verse en la realidad, es que danzo la canción entonada por el animal, y cuando mi cuerpo se levanta en giros por el balcón, un atisbo de madrugada toca los dedos que se erigen altos hacia el cielo. Un primer rayo ha penetrado mi piel opaca y ha sentenciado verdadera la premonición del ave doméstico. Miro hacia allí, hacia el gallo que acaba de acabar el canto, pero no hay más que siluetas de árboles matutinos. Árboles que con los minutos se llenan de luz y revelan la imposibilidad de albergar un ave de este tipo. Con la mirada perdida busco hacia arriba. Hacia la izquierda. Ahí, atrás. O en algún lugar. Tiene que estar ese gallo. No puedo estar tan ciego. No puedo estar tan. Y entonces de la copa de uno de los árboles que dan a mi balcón, veo un ave elevarse hasta las nubes. Parece un gallo, pero es imposible. Vuelve a cantar, esta vez su canto está un tono más alto. Mis ojos se pierden, se pierden, se pierden, porque ahora estoy de espaldas al suelo mirando el cielo repleto de nubes, y entre alguna de ellas sigue danzando aquel gallo en las alturas. Ya lo distingo con claridad, la nitidez es asombrosa, sus ojos me invitan a venir. Hay mucho ruido, hay mucha luz, el caos se disipa. O el que yo considero. Los sonidos aumentan y traen la seguridad a mis pies; y entre medio de todo, un gallo desde el cielo, me canta al mediodía.