jueves, 13 de marzo de 2014

Bzzz


Nunca olvidaré el día en que mi madre me contó una terrible historia. Esos seres pequeños amarilos, que lucen divertidos y  hermosos, son en realidad, un peligro para tu vida. Dani, si eres alérgico al polvo, polen, plátano oriental, ácaros, tierra, flores, árboles exóticos, zancudos, chanchitos de tierra y otros, de seguro eres alérgico al veneno de las ABEJAS.

El mundo no volvió a ser igual, yo solo tenía cuatro años. Cada vez que iba al patio, a la llave del agua, lo hacía corriendo porque obvio que ésta estaba llena de esas amarillas lindas pero perversas. No les tenía miedo porque fueran feas, de hecho, si fuera por eso, le tendría miedo a las moscas verdes; les tenía miedo porque estaba obligado médicamente a temerles.

A mí una vez me picó una abeja, contaba mi mamá, estaba caminando a pie pelado en la orilla de la piscina y sin fijarme, la pisé, y fue el dolor más grande de mi vida. Desde ese momento, tuve otro dato al terror, no andar a pie descalzo… NUNCA.

Fue así como crecí temiendo y respetando a las creadoras de miel, y aunque sus colores me eran demasiado llamativos (negro y amarillo es una combinación sicodélica considerable para un desquiciado como yo) no podía dejarme llevar por las apariencias.

Pasaron exactamente 21 años y once días desde mi nacimiento, cuando finalmente, me ha tocado enfrentar el panorama que Mamá juraba catastrófico: Te vas a inflar entero y no podrás respirar y luego morirás, y si te alcanzan a salvar, te llevarán a urgencias y con un lápiz bic, te harán un hoyo en la garganta para que puedas respirar; y después, estarás un mes en rehabilitación.

Bueno, la cosa no  fue tan tan tan así.
Iba yo caminando, con mis 21 años, orgulloso de ser inmune a los aguijones, cuando de pronto siento un aire viciado, era un aire espeso, era un aire suicida. La pobre abeja depresiva no pudo más con sus culpas, su terrible abeja reina le exigía el triple de miel y no la dejaba ver a sus críos, así que en un afán desesperado de acabar tanta agonía, se abalanzó sobre mi rosada y hermosa piel de antebrazo, e insertó toda su abejidad. AY CONCHETUXXX, dije (fino el hueón). No, mentira, dije: Rayos y Centellas. Y lancé sin mirar lo que había en mi brazo. Miro al suelo y la veo, agonizando. Sus ojos, con mis ojos, su sonrisa, con la mía.

Yo: No, no te vayas.
Abeja: Es tiempo.
Yo: ¿Pero por qué? Eras tan joven…
Abeja: No eres tú, es la abeja reina, es la miel, son los hijos…
Yo: Pide un último deseo.
Abeja: Deseo haber afectado a alguien en esta vida.

La abeja de mierda, cumplió su deseo. Cuatro horas después de haber vivido su funeral, porque apropiadamente cavé un agujero y la enterré con las buenas del Señor; cuatro horas después, yacía yo ahogado en la camilla de reanimación del Hospital de San Javier.

Todo fue más o menos así.
Llegué a casa. Todo bien. Comí, todo bien. Prendo la tele, y no sé si fue la angustia de la muerte de Ignacio Goycolea o qué, pero el corazón me comenzó a acelerar, la garganta se me apretó, el aire escaseaba en los alveolos, y un sarpullido apareció en mi pecho. Así que con mi sabiduría en drogas fuertes, fui y me tomé un ibuprofeno.

Todo estará bien. Todo estará bien. Pura sugestión. Pura sugestión. Es culpa de mi Mamá que me asustaba cuando niño, porque las abejas son buenas, hacen la miel, son amarillas como el sol que es bueno, son bonitas, son lindas, murió por uno que es humano y peverso, pequeña, Nada pasará. Na….

Caminé de mi casa hasta la Urgencia y venia más mareado que después del Samba. Toqué la puerta de ingreso porque el corazón ya se me salía de lo rápido que galopaba. Nadie aparecía, y la sala, llena de gente. Después de un rato, una auxiliar mascando chicle me ingresó al sistema y mando afuera a esperar.

Yo me concentraba en respirar mientras tanto al lado una señora contaba que Dios quisiera no hubieran borrachos, porque venían los pacos y los hacían pasar primero que a todos los moribundos con tal de constatar lesiones pa’ meterlos presos. De repente se oye la ambulancia, Mierda. Y así me ahogaba, esperando que atendieran a las cuatro guaguas llorando, a la señora que gemía de un dolor interior (porque no se le veía mal alguno desde afuera), y a la niña de trece años que llegó embarazá y con hemorragia.

Pero inevitablemente me tenían que hacer pasar, y así fue, en el momento preciso. Me vieron la cara de bañista sin salvavidas, y me metieron a la Sala de Reanimación. Yo respiraba cortito para guardar aire para más tarde, por si escaseaba (es que ahí en los hospitales escasea todo), pero como que eso más aceleraba mi corazón. Me pusieron una vía para colocarme un medicamento, y me conectaron a esa maquinita que sale en la tele y que marca tus pulsaciones. Pi, pi, pi, pi. Al comienzo dije, puta que entrete, a la hora, quería asesinar a la máquina de los pitidos enfermantes, a la hora y media, deseaba que el corazón se me parara para no escuchar MÁS ESA HUEAAAAAAAAAÁ.

Lo más terrible fue que para hacerme el simpático, e intentar ablandar los corazones duros de los funcionarios públicos de hospital, le dije al tipo que me pondría la vía: Mmm, no hay mucha pega hoy día, andan medios desocupados. PERO JURO QUE ERA UN CHISTE IRÓNICO. La cosa es que no lo entendió, un compañero de pega, super paleteado, que estaba más allá, lo empezó a hueviar. Y así fue como que la vía que me puso fue la más gruesa, y en toda la muñeca, cosa que al moverla, me doliera más que la chucha.

Después de inyectadas las dosis pertinentes por el aparato, esperé. Atendieron a toda la gente alharaca de urgencias y los paramédicos, auxiliares y el gran médico, se fueron a una sala detrás de la de Reanimación, a tomar tecito. Las carcajadas eran tan fuertes, que llegaban a hacer interferencia con mi máquina de monitoreo; parecía como que el médico contaba sus historias de Clínica Privada, sin duda mucho más divertidas y felices.



Y pasaron los segundos, los minutos, las horas. Y de pronto, se acerca el simpático doctor de turno nocturno, siendo las dos y media de la mañana; me mira una vez con cara de empleado público en paro, y se da la vuelta al PC. Se pone a murmurar medicamentos, que nunca escucho, y apreta imprimir. Eso es lo que tomará, dice mirando la salida de la sala, deja el papel impreso encima y se va.

Señorita, señorita. Creo que me tengo que ir pero tengo una vía metida en la vena y unos chupones pegados a la cuerpa. La señora sumisa y devota del doctor joven, sin decir nada, se acerca, me saca el scoch de la vía de un tirón regalándome el depilado de muñeca, y me saca los chuponcitos de pecho. Se va y yo asumo que me tengo que ir.

Había ido caminando a la Urgencias, porque Mamá (la del pronóstico catastrófico) ya estaba acostada cuando decido alergizarme. Y Papá me había texteado que me esperaría afuera del Hospital o que lo llamara. Salgo, no hay nadie. Voy a llamar. Teléfono sin carga.


Así me voy caminando a la casa, reflexionando, Dónde estará ahora, Pequeña Abeja Suicida, Habrá cielo de abejas, Dónde dejaste a tus críos, Dejaste Testamento, Cuánta miel hiciste en tu vida, Estabas secretamente enamorada de la abeja reina, Cuántos años tenías, Era mi piel rica, Valió la pena. Y el frío de a poco, me fue helando las neuronas, hasta que solo llegué pensando que Mamá tenía razón, esas abejas asesinas son unas enfermas bipolares que pueden matarte con sus abejudos desequilibrios emocionales. Cuando tenga un hijo, lo primero que le enseñe, será sobre Abejas, Suicidio y Dolor. 

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