domingo, 7 de julio de 2013

Sequía.

Hay periodos en la vida, en que caminamos por una cuerda muy floja. Se dice que consiste en avanzar de un gran monte a otro, siendo la única opción una maniobra que podría costarnos la vida. Cuando estamos en ese proceso de alcanzar una nueva cima, entonces debemos mantener toda la concentración en nuestro cuerpo, en los movimientos, en las respiraciones e incluso, en los pensamientos. Cualquier emoción mal llevada podría ocasionarnos una caída feroz, un golpe brutal, un ataque mortal. Entonces así es como, ante un inminente cruce de temporada, la mente debiera apagarse, sintonizar una emisora mental muy suave, y exteriorizar todas las sensaciones. Ya todo dependerá de las piernas físicas que nos guían por la cuerda.

En el horizonte de este espectáculo me encuentro ajeno a mis secretos, a mis recuerdos, a las ideas que solía redactar para no morir en guerra; y en gran medida pareciera la estrategia más acorde al panorama que se me planteó. Sequía autoinducida para preservar la especie propia, sobrevivencia de la condición más primitiva de nuestro ser; ante el caos más absoluto y al borde del precipicio, no podía darme el lujo de desbordar emociones, ni siquiera mediante un papel, ni en las letras, ni en personajes, ni en nada que se extendiera de mí mismo.

Lo peculiar de la Sequía mental como mecanismo de sobrevivencia ha sido que el resultado fue favorable, luego de cuatro meses de jugar a la acrobacia, he vuelto a poner pies en tierra; seguro de lo que me había sido dado y el Universo mantenía. Ahora que ya puedo volver a sentir, que puedo reencontrarme conmigo mismo, sufro el nuevo paradigma de desconocer mis sensaciones. Y como vaivén de juegos absurdos, nos encontramos frente a frente como si fuéramos viejos desconocidos que alguna vez hicieron el amor. El alma desconoce el cuerpo entrenado en su control, y una furia se desata al momento de unir los engranajes.

Miro atrás, miro la cuerda, miro el monte lejano que ya se pierda detrás de la niebla, y me doy cuenta, que poco recuerdo de lo sucedido. Que tan solo es otra sensación de que alguna vez estuve varado mirando un precipicio que se abría a mis pies, pero luego dudo de la realidad de ese recuerdo, como si fuera un sueño lejano o tal vez, una fantasía ilusoria. Hacia adelante, hay pasto verde, hay tierra mojada, cima sublime y espectáculo de hermosura. La cuerda floja es un proceso individual, estuve muy solo en el transcurso de los pasos temblorosos; y ahora que miro junto a mi espíritu, encuentro la extensión de mi ser que me ha sujetado desde la eternidad. Suspiro, me alegra volver a tierra, ser el barro, la corriente, el aire fundido en vuelos etéreos. De a poco la cuerda del fondo pasado desaparece incluso en las sensaciones, y se desviste de mi mente, cuerpo y alma, para pertenecer a un cuento lejano de una tierra de montes y cimas, donde solo los valientes, logran atravesarla.

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