domingo, 10 de marzo de 2013

El cometa Milo


Esta mañana, cuando las luces de alba aún no pronunciaban aparecer, entonces miré al cielo y fije mi vista en ese ensueño de mis elefantes volando. No tardó en llegar la respuesta a la fe puesta en lo alto,  porque un brillo de sus alas fue suficiente para comprender de los nuevos paraderos.
El cometa Milo estaba tranquilo en su galaxia lejana cuando la ráfaga de mis amados pasó a denunciar los peligros de su reposo. Pecca se acercó al obstinado cometa e imploró alguna respuesta a su estado de quietud.
Estoy cansado. Simplemente me aburrí de dar vueltas por el espacio haciendo lo mismo siempre. Por qué tengo que hacerlo. Por qué. Por qué. No me explican. Nadie me da una respuesta coherente, Nadie me dice qué es lo que obtendré si llego al fondo, Nadie siquiera puede decirme si hay un fondo. Y qué si choco, Ah, Qué si choco, Díganme, No pueden, No saben, Y si muriera convertido en miles de partículas y jamás pudiera volver a reunirlas todas, No señores extraterrestres, No pienso volver a moverme, No pienso volver a circular lejos de aquí. Estoy cómodo, Estoy calientito, Estoy feliz.
Appa, casi riendo en tono sabio, le propuso un trato. El cometa Milo haría su último recorrido, y cuando lo terminara, ahí decidiría finalmente qué hacer. A pesar de negarse al comienzo, la luz de las alas de mi Peccapa lo movió de su estupidez. Está bién, lo haría, pero sólo si luego nunca más volverían a Su sector del espacio donde sí era feliz.
Nos volveremos a encontrar cuando tu recorrido termine, asintió Pecca sonriendo, luego en un haz de luz blanca, de esa que abarca todos los colores del arcoíris, se fundió en uno con Appa y ambos desaparecieron en el horizonte oscuro. Cuando Milo, el cometa, quedó solo en su rincón del espacio, se dio cuenta que todo era más oscuro de lo que creía, por un momento extrañó la luz potente de las alas de esos animales. Cumpliendo su palabra de cometa, comenzó a navegar por el éter invisible de la galaxia. Mientras avanzaba, sin mucha pasión, a lo lejos vio una luz tan fuerte como la que acababa de extrañar. Inconscientemente la siguió, desde el fondo sabía que debía hacerlo, como para darle algún sentido a su recorrido final. La luz parecía perderse, pero a la vez parecía darle un rumbo, y de a poco y sin calcular la fuerza de su cuerpo moviéndose, las luces fueron aumentando. Esa ráfaga en el fondo parecía iluminar tantos otros cuerpos celestes, y cuando menos lo pensó, el negro túnel de antaño, ahora se había convertido en un escenario artístico de todos los colores.
Milo no pudo detenerse, aunque lo habría querido, al menos para apreciar la hermosura de los colores, pero sabía que si paraba, entonces se perdería de lo que había más allá, Mas allá de la luz. Así siguió en su recorrido, y cuando avanzaba y avanzaba, y su espíritu de cometa obstinado se extasiaba de las formas y colores maravillosos de ese mundo tan ajeno, entonces se dio cuenta que su recorrido había terminado hace tanto. En ese instante, al menos su mente se detuvo, ni siquiera se percató que la inercia del éter lo obligaba a seguir moviéndose, pero en su rincón detalló un trato, Que se escondería de los elefantes, porque de seguro ellos le obligarían a decidir el freno a su recorrido, y él, en su obstinado corazón de cometa, debía ser orgulloso y aprender a frenar. Irónicamente ya no quería, pero eso era lo de menos, entre tanta luz, Peccapa nunca lo encontraría. Así siguió, y avanzó, y pasaron los años, y los decenios, y los milenios, y los mundos y planetas nacieron y extinguieron y el cometa Milo siguió volando, y moviendo y maravillándose de las nuevas combinaciones de colores que la vida le entregaba. A veces, los colores se entumecían y cobraban un matiz oscuro, pero jamás nunca se convertía en un eterno negro como el de sus inicios, porque hasta el espeso tinte oscuro se convertía en arte que era digno de admiración.
El cometa Milo siguió sus días eternos feliz de haber alcanzado su equilibrio, su inercia, la sabiduría que le daba los años de conocer el universo y sus hermosos matices. Pero lo inevitable ocurrió, y sin calcular el color que ahora veía, de la luz enorme que lo encandilaba, una trompa le tocó las rocas. Era Pecca y Appa que venían a cobrarle el orgullo. Milo no tuvo que decir nada más, no tuvo que ni pensar en una huida o calcular la evasión, porque midiendo todo lo aprendido de esos milenios sabía que debía agradecerles de la enorme bendición que era la Vida. Y esto ocurrió en un microsegundo, porque los espíritus nunca hablaron, solo se miraron, y en ese entendido supieron que todos estaban agradecidos, y felices, y plenos de haber tomado el camino correcto, por oscuro o luminoso que éste fuere.

Peccapa nunca más volvió a ver al cometa Milo, es uno de los tantos seres intergalácticos que fueron convertidos a la vida por la fuerza del amor. Y así escucho nuevamente el zumbar, y así nuevamente sé que esa promesa nuestra de los aires, sigue cambiando nuestras vidas, y la vida de todo lo que tocamos.
Un último susurro escucho de Appa pronunciar a Pecca, Que Te Amo. Y otro susurro aún mas hermoso le devuelve Pecca, Que eres el amor de mi vida. Y la luz vuelve a brillar, y ambos se funden de color brillante en el caos del espacio en el cual fueron capaces de construir luz, siendo ahora los testigos del amor más puro que ha existido en el Universo. Zum.

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