jueves, 3 de enero de 2013

Margaritas.



En un mundo paralelo al de las amapolas y los conejos que hablan, existía el universo privado de quienes decían llamarse las margaritas visibles. Esta existencia tan extraña y diversa se tornaba de alegría cada mañana al verse, las unas a las otras, todas margaritas sonrientes. Doradas, brillantes como el sol, rodeadas de un blanco puro y perfecto, hojas que relucían la luminosidad de los corazones alegres. Margaritas visibles que enamoradas de su universo íntimo juraban la eterna felicidad. Sin embargo el infortunio llega a la vida de aquella patria, y sin medir los tiempos, la primavera se tornó verano y el fuego de la estrella mayor culminó la fragancia de un viento suave. Las margaritas visibles comenzaron a sudar, a caerse al suelo, a sentirse en la desesperación de un infierno invisible. En ese momento, cuando creían todo perdido y pronto a fallecer, fue que la primera de ellas dejó la tierra privada. En cuatro instantes, al segundo de desvanecida la flor muerta por el fuego quemante, la margarita invisible abandonaba el cuerpo efímero, y la sonrisa de su vuelo, elevado a las alturas de sobre sus hermanas visibles, le convertía en la margarita más hermosa, pero también, en la margarita más invisible. Entonces cuando pensaba que nada podía engrandecer su cucharón invisible, las cientos de otras margaritas visibles se entregaron a la muerte hermosa de volar en invisible alegría, y en los instantes que siguieron, flotando por el universo mágico, no dando cuenta de los agujeros negros que atravesaban, así, todas ellas, renovaron el ciclo de verse visibles, brillando fuerte intensidad, en la mueca que me revela tu sonrisa.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario