jueves, 20 de diciembre de 2012

ReCuento



Es el tiempo del año en que me siento, deteniendo tres segundos el avión que porta mi elefante, y  respiro. El aire es claro, las nubes despejaron, pero aún mantienen el blanco espumoso que te salva de los rayos dolorosos. Aquí, en las alturas, no hay bichos ni aires viciados, hay un  claro sentir de respiro en proximidad a la felicidad plena.
No seré mal hablado en decir que no hay islas peligrosas, ya que estoy dispuesto a retratar la travesía dos mil doce con lujo de detalles, sin mentiras ni escondites literarios; las cosas reales tal y como sucedieron.
La historia transcurre en dos grandes estaciones, seis y seis, A continuación, mi cuento, que en este caso será: el Re-Cuento.

Parte Uno: Re.
Cartas de amores imposibles, que flotan en el mar alejado de gotas de lluvia besadas en labios. Todo comenzó la mañana en que un elefante se despertaba en su sabana americana para ver la luna desaparecer en el cielo azul de mediodía. La tranquilidad le había convertido en un elefante calmado y sereno, no así, había de faltar algo en su reposada vida, sentíase tan distraído por esconder en algún vacío de su corazón, aquello que nadie ni nada había sabido cubrir. El amor, era el sueño imposible, que ya había desechado.
El elefante, que nosotros llamaremos Appa, inventó un plan: consciente del Recuento que le había cada palpitar de segundo, quiso plasmar para el mundo la dura crudeza de su nostalgia. Juntó a todos los animales del reino, acompañado de las más diversas especies, y montó un espectáculo que tituló “La Verdad Duele”; en éste show, convertido en zombi viviente luego de los acontecimientos personales, mostró la verdad de haber luchado por tantos, y haber muerto en el intento. Sin embargo, dejó en el fondo la gratitud, de que todo, siempre había valido la pena: porque el peso de haber hecho lo correcto, le dejaba la completa felicidad de cumplir propósitos de vida. Todos recordarían la escena en que el elefante extendiendo su ala, encarnaba al valiente guerrero, y con lágrimas de ser antiguo, repudiaba el presente de un mundo lleno de caos, desorden y dolor, la Verdad de haberlo dado todo por nada, le pesaba en esa fría piel.
Una vez expuesto al mundo animal ese secreto, el elefante se sintió más seguro de lo que poseía, de la gratitud de tener la experiencia en la sangre para gritar al mundo las cientos de cosas que aún tenía que decir.
El paso siguiente se tituló: “La aventura comienza”. El elefante conoció una Libélula que le mostró un gran secreto: En el Sur, está la bendición. No lo pensó dos veces y acostumbró la vista de las pequeñas alas de un animal tan dispar a su voluptuoso cuerpo. Zarpó de su tierra natal, y al llegar al extremo sur de su caminar supo que, para cruzar el mar, sólo habían dos opciones, nadar o volar.
Libélula le ayudó a elevar el ala que tenía dentro. Al comienzo el vuelo fue doloroso ya que el peso de su cuerpo difícilmente se sujetaba con una sola ala sobre sus orejas; sin embargo, ese vuelo bajito le sirvió para atravesar al primer páramo: había llegado a la primera isla de “Expedición Brito”. Libélula siguió acompañándolo en sus aventuras, y sin duda fue el animal del reino que más conoció los agrietados dolores del viejo elefante.
Nos iremos ahora al primer páramo del Appa que supo volar. Existía en aquel lugar un monstruo de carácter lunar, los habitantes de la pequeña isla le llamaban el gran HTP. Decían que estaba formado por cientos de pequeños seres de mechas largas y con dientes hambrientos de destruir la esencia de los elefantes viejos. El plan que tuvieron éstos, asustados por el extranjero que acababa de llegar, fue crudo y sin corazón, enviaron una mecha para seducir al viejo elefante. Enseguida ésta se presentó con sonrisas de oveja, los males del cuerpo le sobrevinieron, debilitando su esencia a la normalidad y cautivando la magia, coartando la poca ala que había desarrollado el animal en vuelo. Sin embargo, Appa fue más inteligente y no se dejó seducir por las patrañas que las voces decían, ni por la posible aparente felicidad ofrecida. El elefante se hizo amigo del viejo HTP jefe, y juntos planearon grandes ideas en detrimento de los seres de mechas malas, salvando a los seres de mechas buenas. Fue en ese juego astuto que el elefante Appa no pudo evitar el llamado de atención que un espía escondía entre los miembros de esa cueva.
En los días en que Appa ya se apartaba del viejo HTP jefe para salir victorioso y con copas de oro a continuar el viaje; en la puerta de la cueva que escondía a los HTP, se encontró con el supuesto espía que antes había visto en la multitud.
De entre una coraza de pelos rubios extendió la trompa hacia delante buscando a tientas las orejas de nuestro viejo elefante. En un instante al término de esa isla, ambas trompas se unieron en un abrazo que detuvo el mundo por trece segundos en el día quinto del mes séptimo. Al momento en que eso sucedió, las corazas cayeron y los cuerpos desnudos, agrietados típicos de la piel de un elefante, se encontraron relucientes a la luz de la luna, en aquella, la noche más bella.

Parte Dos: Cuento.
Los dos elefantes encontraron la otra mitad del ala que faltaba. Pecca, quien acompañaría en futuros vuelos a Appa; era un elefante experimentado en el plano de volar, pero con la falta de ese compuesto de plumas ajeno que podría lograr alturas inimaginables. En la punta de aquella isla vislumbraron el siguiente páramo, ahunaron fuerzas y lograron elevarse tomados de la pata: así en un par de segundos llegaron a la isla de la banca, en otros universos apodada Fiji, pero acá titulada “Saltos de Lluvia”.
Ese lugar inventado por el amor se vio zarandeado por los siguientes vuelos que acudieron al destino de nuestros elefantes unidos. La tormenta se avecinó desde oriente, como siendo límite para continuar volando. Entonces fue allí cuando tuvieron que apegarse más el cuerpo. De la nada volvieron viejos HTP, y otros monstruos de años anteriores, que amenazaron con acabar la tranquilidad de Appa, y también de Pecca por sí.
El plan sería avanzar a la otra isla, Saltos quedaría por siempre en sus corazones, y le habitarían cada día al recordar la vida juntos.
Continuaron volando sin calcular que entre el viaje a la nueva isla, aquella que prometía ser la del fin del mundo, un rayo alcanzaría a Appa y le haría perder el conocimiento. Su cuerpo pesado, electrocutado y débil, comenzó a caer hasta el mar crudo que se aproximaba con bestias serpenteadas hambrientas de carne soñadora. Pecca se detuvo unos segundos, y escuchando las voces de aquellos animales de mar, intentó arrancar, huir y no voltear en ayuda. Negó la unión de unos meses por considerar el cuento, uno de hadas imaginarias, y cuando se decidió a soltar definitivamente a su elefante compañero entonces, sintió el alivio del peso que Appa le significaba.
Appa cayó. El acantilado se extendió mucho más, y el mar parecía no acercarse, porque el océano crudo sabía, que la caída sería siempre más terrible que el hecho mismo de ser devorado por los monstruos.
El tiempo en que Appa estuvo solo, pareció ser aquella pesadilla falsa que nadie desea ni de día ni de noche. La ilusión de mundo feliz parecía desvanecer a cada segundo y la felicidad se le escondía en el más profundo recuerdo, que volteaba cada realidad en la apariencia de fantasía. Nunca supo cuánto tiempo duró la caída, sólo sintió de pronto que ya había muerto.
En la oscuridad de una cueva se refugió, posterior a la muerte, llegó Pecca. Nuestro elefante apenas pudo sonreír, pero el corazón se le precipitó en alegrías; hasta que el otro elefante movió los labios y contó que estaba allí para siempre, como el amigo que necesitaba.
Appa rehusó, quería amor, quería vida, necesitaba ser salvado; y al ver los ojos de su compañero entendió lo que sucedía, las bestias serpenteadas habían cautivado su mente, sus recuerdos, su alma pura capaz de amar. Habíase perdido en el mar, y Appa, de las profundidades se vio la fuerza de salvarle.
De entre la oscuridad, Appa por fin tuvo la motivación que necesitaba; salvar para ser salvado. Y al momento en que cautivó nuevamente su corazón, y con el vuelo difícil logró que Pecca sintiera que el vuelo continuaba sin problemas, entonces la pura sonrisa de ver a su alma gemela feliz, le rompió las ataduras de tiniebla y le elevó hasta arriba, al cielo, al infinito y al Eterno Siempre.
Cuando Pecca despertó del falso ensueño de las bestias marítimas, entonces comprendió la infinidad del amor, y se dio cuenta que jamás volvería a soltar la pata de su amado. Así Appa comprendió que el amor no se trataba de merecer o esperar cosas a cambio, y aceptó el vuelo que Pecca ofrecía tal cual, con la simpleza y pureza que le caracterizaba. Juntos, aprendían a volar mejor.
Luego de la osadía en tierras de “October”, los elefantes no volvieron a soltarse ni un poco. El cuento de hadas no existía, porque la fantasía para otros, aquí era realidad: cuento de hadas habría sido la aburrida vida de quienes no pilotean su destino por el mundo.
Así los elefantes visitaron juntos un par de otras islas, cada una les trajo complicaciones de bestias y serpientes, pero ya habían aprendido toda lección dura y ahora lograban salir airosos de cada expedición agria; sin desprestigiar, por supuesto, los cientos de hermosos lugares que conocieron en este mundo de islas preciosas.
Cuando llegaron al fin, y en la que prometía ser la isla del fin del mundo; entonces aquí se dieron cuenta que nada acababa y que la tierra era redonda, cíclica y eterna. Un avión y una pluma les esperaba en este páramo, subieron y desde las alturas el vuelo se hizo hermoso. En la cúspide la vida les prometió un destino favorable, Dios les mostró el plan que seguía a sus pasos, y cómo cada viaje les había significado un crecimiento en pos del propósito a cumplir en esta tierra.
La historia no acaba porque está pasando a cada segundo, a cada momento. El cuento se teje, y se vuelve a contar, porque si lo dejamos escondido nadie comprendería que la felicidad no está en la cima; sino en cada momento que cautiva la vida de los elefantes, de la Libélula, de los páramos y por supuesto, del cielo azul.
Prometí ser fiel al contar los hechos tal como sucedieron, tal vez haya puesto un poco de emoción en algún detalle del ReCuento, pero la verdad es que fui lo más fiel que pude en retratar las vivencias de este año, que sin duda, ha sido la Expedición más hermosa que mis años de vivo me han permitido atravesar.
Los tres segundos de detener el avión que porta dos elefantes han acabado, porque es tiempo de seguir volando, de planear y de escribir la felicidad con esta pluma que resbala la tinta de mi pata. Del Aire Somos y Al Aire Vivimos.
                                     

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