martes, 6 de noviembre de 2012

La cruda historia del médico frío del Caribe apodado Crudez.



El Médico siempre supo que moriría condenado en una silla fría de invierno. Por lo mismo es que se mudo, apenas obtuvo el difuso título, al pueblo más caluroso del Caribe Latinoamericano. En las tierras de los piratas construyó su cabaña y llevó la salvación a los cientos de negritos pequeños que a diario se contagiaban del hanta. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por alejar la timidez fría del invierno, nunca pudo acallar la pesadez con que el espíritu le sumaba carácter. Con esto quiero decir que el ser frío presagiado de nacimiento, frío se queda hasta el sortilegio cumplido. Nunca salió de su boca un ánimo positivo o diestro para nuestro pobres negros pacientes, ni las embarazadas podían expresar sus temores ante el Viejo Médico apodado Crudez. Si bien Crudez no se entiende como apelativo ni adjetivo, los negritos y negritas del Caribe crean palabras nuevas, y ese hecho sólo puede atribuírsele a la realidad con que relato estas líneas.
Muy bien, en correlación a los hechos contados, debo continuar mis aseveraciones de la predicción que daría la muerte fría en silla fría de invierno al Médico Crudez. Las mujeres del pueblo corrieron el rumor de ese sortilegio por una carta encontrada en el baúl secreto del viejo hombre. Cladimira, la más negra de las mujeres jóvenes, entró una noche mientras las otras le bailaban en señal de Gracias al viejo médico. Entonces en la oscuridad tropezó con cuánto encontró, y a los ruidos y caos, escondió en el ropero del final de la casa-habitación. Allí vio algo reluciente, pequeño, casi de oro en la oscuridad brillando, así mismo lo abrió y encontró la carta que luego se traspasara de mano en mano, y hasta se vendiera en los kioskos firmada por Anónimo para lucrar con tan buena redacción. Cladimira supo enseguida que debía contar a todos el motivo de la desdicha de aquel hombre tan friolento en sus reacciones, y a pesar de ser tan odiado, el temido le caía como peso mayor, siendo respetado como único salvador de las enfermedades caribeñas.
La mujer negra de las jóvenes, Cladimira, entonces una vez esparcido el rumor se acercó a la casa del hombre arruinado. Le gritó unos cuantos pesares sin mucha respuesta, y entró carerraja puesto la frialdad del viejo hasta para abrir la puerta. Entonces lo vio allí, echado en su lienzo, acostado en una hamaca, casi desnudo envuelto en una compresa fría que aliviara el sofocante calor al que llevaba acostumbrado bajo la bata blanca. Cladimira, sin dudarlo se le lanzó a la hombría, y sin segundos de demora, se vieron los dos envuelto en el juego del chocolate blanco y negro que se funde en líquidos dispares capaces de atrofiar pajaritos. El Medico Crudez no supo como reaccionar luego del encuentro, por lo que abandonó a la mujer de la hamaca y la lanzó fuera con el ropaje aún en manos. Entonces Cladimira, con la sonrisa en la cara, comenzó a gritar y reprochar el abuso, de tal modo que todos los negritos y negritas del pueblucho del Caribe salieran de sus quehaceres sin sentido para testimoniar el horrendo y cruel crimen cometido por el sabio. Que la Justicia se haga cargo, gritaban los menores. Que se juzgue conforme al destino, sentenció Cladimira contenta de su misión y enviando la situación al extremo de concretar la sentencia firme y ejecutoriada que llevó al pobre Médico a rendirse a la muerte. Tomó la patrulla policial la muestra de la carta original que escondía la mujer negra, y la llevaron al cuartel para revisar lo fidedigno de su escritura. Tal como decía el presagio de esa carta, el Médico debía morir en silla fría de invierno por la crudeza y frialdad de su corazón. Entonces sin saber cómo, los policías negros del Caribe mandaron a buscar en barcos al extranjero cubos y cubos de hielo para cumplir el frío requerido por el Sortilegio. Mas, a los meses, cuando llegaban las embarcaciones, entonces los barcos venían casi inundados, en aguas derretidas que los piratas juraban alguna vez fueron cubitos grandes de hielo duro. La policía, presionada por Cladimira exigiendo justicia, se vio envuelto en la misión de llevar al Médico hasta las tierras frías del sur del globo, y con una tripulación de doce hombres, entre ellos Cladimira disfrazada de polisón, se esmeraron en llegar al polo sur sin demoras más que años acorde  a la navegación exigida.
En la tierra donde no da el sol, y cuando los policías negros, tiritando del frío y con las pieles animales en la carne, desvestían al viejo Médico; la mujer negra no tan joven llamada Cladimira gritó revelando el final del presagio para dar vida al momento en que el destino concluyera el sortilegio. El médico siempre moriría condenado en una silla fría de invierno, pero Crudez no es médico, y no corresponde más que echarlo a las aguas frías de los témpanos para que el congelamiento le hiela hasta la sangre. Así lo tiraron al agua los policías obligados por la mujer negra ya casi congelada, porque cuando vieran la Carta Verdadera, se darían cuenta que el Médico nunca  fue sino  Enfermero escapando del destino, que le decía que en algún momento ha de morir congelado por fuera, así como ya estaba de congelado sin sentido por dentro. Cladimira le vio caer a las aguas, vio teñir el blanco al frío blanco del sur, y sonrió recitando un nuevo sortilegio para la criatura que se traía en el vientre: El Médico siempre supo que moriría condenado en una silla fría de invierno. Así me aseguro, pensó, que tenga profesión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario