domingo, 18 de marzo de 2012

La niña del Sename

Le amo. Es el hombre más importante de mi vida, sin él nada tiene sentido. Por eso corro, por él huyo. Necesito encontrarle, necesito verle, acariciarle el rostro, la barba, tocar sus labios y rozar su cuerpo. Es mío, es completamente mío. Él lo prometió, dijo que jamás me dejaría, y que si yo cometía un error y me capturaban, él estaría esperando por mí. Le creo, yo sé que me está esperando. Por eso huí, por él. Ay de mi que no puedo dejar de imaginar su rostro, su recuerdo, sus caricias. Lo quiero conmigo ahora. Corro, difuso, todo es tan difuso. El vacío de tenerle lejos me ahoga, quiero a mi papá. Le amo, quiero a mi padre.

Hace dos meses, cuando carabineros me internó en el Sename, creí convencerme de sus argumentos. Que sería mi bien, que mi padre me hacía daño. Tan sólo confié porque en el fondo, ellos eran la ley. Pero luego, cuando mi padre me envió la carta, todo cambió. Mi padre lo aclaró todo, él también me amaba como yo lo amo a él, y lo que hacíamos en la cama, estaba bien; sí, puedo ser una niña, pero conocí el verdadero significado de la vida antes de tiempo para estar con él, para amarle y ser felices juntos. Desde ese día, desde que pronuncié esas palabras en voz alta y para mí, me aferré a la idea de huir. Y así fue, esta mañana nos cambiaban de lugar, en vez de subirme a la van, corrí hacia los autos, hacia el frente, corrí por las calles adyacentes, corrí con la sirena a mis espaldas, entré a las tiendas del centro, al mall de compuertas inciertas. Me sentía libre, la aventura acababa de comenzar, iría en busca del amor de mi vida.

Y aquí estoy, ha anochecido, llevo esperando en este árbol un par de horas. De aquí puedo ver mi hogar, es mi padre que golpea a mi madre. Lo veo, ella ha intentado acusarle muchas veces, ella no entiende nuestro amor, pero tarde o temprano se dará cuenta que él, mi padre, tiene razón. Ya no le corresponde amarla a ella, ahora tiene que amarme a mí, su niña. Hace un rato vino la policía, una nueva ronda, ellos no tienen la prueba para encarcelar a mi padre, necesitaban mi confesión, pero nunca la dí. Mis hermanas tampoco. Ellas están lejos, ambas tienen hijos de mi padre. Pero son bastardos, él me lo dijo. Ellas lo forzaron a hacerlo, porque en el fondo Él siempre ha amado a su hija más pequeña, yo, la del júbilo.

Mi padre ha mirado por la ventana y me ha visto. En estos once años de vida, jamás, jamás nunca, había sentido tantas mariposas en mi estómago. Sí, la intimidad me asusta, el recuerdo de los cuerpos rozar y penetrar en todo lugar, me aterra, pero a la vez, me asegura que el amor es verdadero y que soy suya, completamente suya.

He bajado del árbol, camino hacia casa, corriendo, cayendo, huyendo de las cárceles falsas que me separan del amor. Mi padre ha abierto la puerta, una sonrisa en su rostro, tiene una muñeca en sus brazos, es Cindy. Solíamos jugar juntos los tres cuando yo era una niña. Mi padre me abraza. Por fin llegaste hija, te estaba esperando. Lloré, le besé,lo abracé durante mucho tiempo. Mi madre gime, llora en un rincón, ella no entiende, ella sufre de celos, está bien lo que mi padre hará. Ya era tiempo. La golpea, me dice que lo ayude, que ella no lo merece, que yo soy el amor de su vida, yo soy su Princesa. Sé que es así. Muérete perra, la golpeo, muérete mujer de vida fácil.

Creo que la ha matado, me tiene sin cuidado. Está callada, con los ojos abiertos, la sangre le baña el delantal. Mi padre está feliz, me sonríe, me desviste, me lleva a su cuarto. Me acaba de decir que ahora estaremos juntos para siempre. Que nada nos volverá a separar. Me quita mis zapatitos, y me baja los calzones. Me dice que me toca para asegurarse que todo esté correcto, que nadie más haya intentado apoderarse de mi esencia. Me dejo, tranquila, porque él es mi padre y confío en sus manos. Se desviste, me ama. Me duele, me arde, como otras veces, pero soy feliz porque sus gritos me dan paz. Me duele tanto, pero me aguanto; no quiero volver a prisión, no quiero volver a sentirme vacía. A veces desearía que esta parte del amor no existiera, pero es sólo a ratos, porque luego, cuando estamos vestidos, siento la curiosidad de verle los genitales. Él me ha enseñado a jugar con ellos de tal modo de que su boca emita sonidos graciosos. Reímos cuando lo hace, yo río con él, y él me besa los dientes cada vez que logro hacer saltar la nieve. Jugamos hasta que mi cuerpo sangra, rompí en llantos, no me controlé, me repetí a mi misma, “Contrólate niña, no quieres volver allá”. Pero no pude, el dolor, la sangre, todo era demasiado. Lloro, sufro, me duele, me duele el pecho, el alma, me duele todo.

Mi padre se ha alterado, ha visto la sangre y se ha asustado, nunca había sucedido. Me ha dicho que ya soy una mujer, me dice que me he convertido en mi madre, en mis hermanas. Que pretendo engañarlo, que pretendo matarlo y encadenarlo con hijos. No le entiendo. La cara de mi padre se desfigura, el amor desaparece, lo veo. Su cuerpo se aleja de mi, intento acercarme porque aún le amo, como siempre, como cada mañana, como la única verdad de mi ser. Pero no, sus ojos, desorbitados se bañan en lágrimas, se acerca por última vez y me aprieta los pezones. Papá, me duele. No soy tu papá, ya no. No eres mi amor, nunca más. Yo lloro, que mi papá no me deje porque yo lo amo, le necesito. Me aprieta el cuello con odio, yo le digo que confiaré en él siempre. Él me dice que está bien, que dejará que nuestro amor muera antes que la traición de la mujer que llevo dentro arruine todo. No lo entiendo, pero dejo que sus manos, una vez más, hagan el trabajo. Él aprieta mi cuello, me cuesta respirar, me duele, casi tanto como cuando me toca el vientre, pero ahora más, porque me duele el interior, me duele el pecho como si me faltara el aire. Escucho sirenas mientras sus ojos lloran sangre, mientras su boca muerde mis labios y los hace sangrar de rabia. Me pierdo en el silencio adolorido de saber que lo amé, que lo único real de mi existencia fue capaz de darme la vida, y capaz también de quitármela.

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