jueves, 24 de noviembre de 2011

Allendes

Creo entender el dolor de Isabel al reiterar una y otra vez las mismas ideas en sus relatos. Vislumbro, dolido, la realidad que ellos vivieron. En contraste con lo propio. Entonces se lanzó al escape, con el dolor de las raíces arrancadas en totalidad; con la impotencia de verse alejada de todo lo que amaba y por lo cual tanto había luchado. Lo perdió todo por culpa de los otros, de los egoístas resentidos que nada pretenden más que ignorancia cultural. Dícese que irse de tu casa, mudarse, es el mayor trauma para una persona, mayor elemento de estrés. ¿Cuánto más será abandonar tu país porque si no la muerte te alcanza? Allende, volviste luego de tantos años; luego de mucha agua bajo el puente y supiste, tanto como todos, que ya nada era igual. Que el tiempo pequeño y hermoso que viviste en el pasado era una historia de otro mundo, un textil multicolor incapaz de volverse a trazar. Y aunque escapaste ajena a tu hogar, y clavaste tu esencia en nuevas casas de ladrillo; jamás podrías reemplazar el sentir de perdida que embarga tu alma. Soledad de los vagos, espíritus que rondan el mundo como penando, incapaces ya de luchar porque quedaron heridos en el suelo. Mirar al futuro, sin cicatrizar tanto sufrimiento es una utopía. Y pretender olvidar, es tan sólo la técnica que, como droga barata, te llena la sangre hasta su ocaso. El dolor se hace más fuerte. Entonces ajena al mundo, como perdida en un sueño, te encierras a escribir tu historia; y la nombras de tantos personajes ficticios. Tuviste que inventarte un mundo propio para subsistir. Dirían que fuiste valiente, lo eres. Tanto como el Candidato que elogiaste. Cuando decías que tus antepasados te rondeaban la noche, yo sé que él estaba aclamando tus recuerdos. Jamás debió haberte enloquecido, al contrario, con su plática asertiva te convencía de tus fines, cortaba todos los miedos, y te sustentaba el quehacer. Algún día publicarás tanta atrocidad, pequeña, y sabrás, y harás al mundo saber verdades crueles pero absolutas. Hombre de convicciones, jamás asesino, solo un doctor que quiso cambiar su Chile; ayudar a su tierra por la vía que creyó más correcta. Entonces te encierras de nuevo, y le lloras, y sabes que esta agonía no se detendrá; que por el resto de los días, y en venganza a tus memorias, deberás escribir y denunciar, publicar y avisar, gritar como las gallinas, lloriquear en público; dar a entender que las injusticias de la vida se pueden evitar. Entonces te miro y te canto, y me veo en tu mirada perdido entre los recuerdos. Y sé que tu vida fue mi historia, que mucho antes, planeada por el destino, se escribió para nosotros. Exiliados fuimos los Allende de nuestra tierra, nos arrebataron todo lo que teníamos, aquello que por tantos años construimos ¿No sería ese el mayor insulto al derecho de propiedad? Dijerase que mi rincon mental seria lo más intimo y propio de la vida, y ellos, los que desde siempre nos odiaron por ser diferentes, entonces nos empujaron al abismo sin trampolín y me gritaron tanto, tanto, tanto, que la única manera de acallar la voz, fue jalar el gatillo.

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