domingo, 18 de septiembre de 2011

La daga invisible

La sentí en tu espalda mucho antes de que el hombre te la pasara. Era una presencia oscura, una traición obvia en tu mirada. No sabía cuánto tardarías en penetrar mi alma, pero en el fondo sabía que en algún momento pasaría. Fue tan sutil que me di cuenta mucho tiempo más tarde, cuando la herida estaba infectada y ya había perdido la sangre suficiente como para morir. ¿Habrá sido invisible? Tal vez tu magia negra, conjuraste un marujo sin mover los labios; incluso me arriesgo a pensar que hay otros aparte de tu cómplice. Una mafia de mujeres, y hombres ruines, cargados de armas cortopunzantes. ¿Por qué dicen que las dagas son pequeñas? Si lo que usaste era un fierro, un metal de acero circular pulido a la medida de un sicario; y profesionalmente te hundiste en la palabra traición: porque siendo el más cercano, el amado de los cientos, supiste realizar el trabajo. Limpio, sin sangre en la cerámica; porque la daga era invisible. Capaz de llegar al corazón sin romper la arteria, sin penetrar el tórax, pero rompiendo el espirítu en mil pedazos. Me sumergiste en el inframundo y perturbaste los pensamientos, diste vuelta el sentido común y maximizaste las emociones. Todo era confuso, parecía una fantasía de hadas, una droga nueva y poderosa que me mantenía irónicamente feliz. Mientras me sonreías ahí de pie, cautivandom con los ojos claros y la espalda ancha. Entonces tus pies, delicados y pequeños, se posaron sobre los míos y te dejaste caer, para que nuestros cuerpos se sintieran uno. Creí que la confianza del momento sería el clímax de nuestro amor, la odisea de nuestras vidas, y el punto cúlmine de la relación. Pero luego, revisando la cinta de los dioses del Olimpo, noté la verdad. Y fue ese el momento trágico, era un clímax, pero el de la traición. El de cuando me ensartaste tu cuchilla, y me penetraste como a una virgen. Mi sonrisa se perdía en la euforia de una realidad que sólo existía en mi mente, en los recuerdos de mis ideas falsas e ilusorias. Todo era mentira. La pantalla se pegó, de pronto. Cuando vi la herida en el fondo de mi alma, y cuando cerré ojos en soledad, los seres y las voces comenzaban a reir del espectáculo. Entonces tomé los pedazos de mi cuerpo y creí soñar, y reí en nervios, ajeno a lo que ocurría. Me voltee para abrazarte, para sentirte cerca y sostenerme en tus brazos; en el olor de tu cuello y en los cabellos de tu melena. Mas no existía ya tu mirada, y quien habitaba a pocos pasos, ahora yacía a decenios de años, riendo, con la ira en los ojos, con venganza y alegría oscura. Siempre con la daga en la mano, lo sabía. Nunca la vi. Jamás. Pero sabía que la sostenías, porque tu empuñadura era perfecta y el hueco de tu palma te delató. Todo se fue a negro, y desperté años más tarde. Cuando una nueva criatura me daba una mano, para levantarme, para auxiliarme, ¿capaz de restaurarme? Too much risk. Tal vez la daga haya mutado en sutileza mayor, y el daño de los antepasados haya traspasado a nuevas generaciones de villanos. Mas confiaré en esa mano, porque no hay más. Porque esos ojos negros, que tanto me recuerdan a los tuyos, no necesariamente son los mismo que algún día me clavaste. Y en el fondo lo anhelo cierto, y añoro que sea tu espíritu, que hayas vuelto para destruir de una vez por todas, con ese golpe final. Con el destino de un comienzo, con las ganas de siempre. Me entrego a tu abrazo, como entregando el alma, esperando la muerte; sintiendo cómo esa daga invisible vuelve a mi carne, como esa presencia siniestra me retorna la vida. Sensaciones profundas, emociones del interior, un acero jamás visible, nunca palpable, pero más cierto que cualquiera de tus armas. Penetrame la daga de acero, el fierro de los sueños, la traición y el engaño, porque la muerte es mi dicha, y ésta el fin de tus deseos.

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