lunes, 22 de agosto de 2011

Popurrí.

No valoras las cosas hasta que las pierdes. Ese mensaje, tan sencillo, múltiples veces repetido por las series infantiles, se me hace realidad a cada paso que doy. Me resulta extravagante y divertido que ahora, luego de haber criticado tanto, extrañe aquellas cosas que tanto amor y odio me causaron en algún tiempo, pero que ahora simplemente ya no existen. El otro día, mientras la habitación disminuía de tamaño y el sofoco me presionaba el pecho razonaba estas cosas; y hoy mientras volvía del colegio sólo meditaba en todo lo lindo que ya se fue. Cuando sea grande... Ya eres grande, me dice mi mamá. Pero puedo rebatir ese argumento; no sé manejar, no compro revistas pornos ni hago cosas de mayores de edad; así que en la práctica sigo siendo un niño. Además mido menos que Napoleón. Y en este cajón de recuerdos, de cosas inexistentes que alguna vez existieron es cuando me remonto a la infancia. Con Jack Johnson de fondo, misma música que debe estar sonando en mi blog, viajo en el tiempo al día de mi primer siete.

Llegué corriendo, estaba en primero básico, y acababan de entregarme un siete. Fácilmente pudo ser el orgasmo de mi infancia intelectual. Todo iba bien hasta que entré en la casa. En ese tiempo había un negocio en la entrada donde me encontré con mi Tata. Como llevaba la hoja con el siete en la mano fue imposible no ostentar mi triunfo, así que me adjudiqué la osadía. Tomó la prueba en sus manos y comenzó a avanzar hacia mi escalera. Mi padre me retrasó en una conversación que no entendí por mi corta edad y avancé despreocupado. Mi plan era recuperar la nota antes de que mi madre la viera de manos de mi Tata para yo llevarme la gloria. Pero las cosas salieron mal. Maldita parka. Mi papá les dice casacas. Se me enganchó en la puerta de la casa, con un clavo. No pude zafarme, y comencé a gritar mientras mi Tata subía las escaleras, pero pareció no oirme. Chillé y me contorsioné para liberarme. Finalmente pude sacarme un brazo de la casaca, pero era demasiado tarde. Ya escuchaba a mi mamá decir su típico “iiiiiiiih” y abrazarse a ella misma de la alegría. Cuando bajó a felicitarme yo me ahogaba en llanto porque el destino se había confabulado para arruinarme mi primer siete. Qué pena.

Sí, desde pequeño tuve problemas con el destino. Recuerdo que la primera sensación de realidad que tuve fue casi a los cuatro años. Mi primera crisis existencialista. Iba con mi abuelita caminando por la calle cuando de pronto la conciencia hizo su primera aparición en mi vida. Qué es la vida. Pero abuelita, ¿qué es esto? ¿Una obra de teatro? ¿una película? ¿Qué? ¿Por qué? ¿Para qué? Esa noche llegué a mi cama y sollocé apenas mi madre apagó la luz. Intento consolarme diciendo que la vida era un paréntesis en la eternidad y que nuestro real propósito era vivir eternamente en el cielo adorando al Padre. Pero eso lejos de calmarme me entumeció el alma. No me imaginaba la sensación de “vivir para siempre”. Era como la peor pesadilla de la existencia. No morir nunca, Lo sigo pensando, sería catastrófico. Por eso me inclino por la tesis de los judíos, que dicen que el infierno no existe y creen en la “muerte verdadera” (como la muerte de los vampiros de #trueblood). Sólo por eso a veces quisiera no irme al cielo, pero las ganas se me pasan típico de mi trastorno bipolar.

Comencé este año con la impresión de un gran vacío en mis recuerdos. Y así lo eran, había prácticamente borrado de mis memorias el último tiempo de mi vida. Específicamente los últimos dos años. No yo, sino mi cerebro, creyó que sería adecuado bloquear ciertos recuerdos de la memoria rápida (RAM) para ocupar ese espacio en cosas más superficiales pero nuevas. Entonces consecuencia de este olvido que comenté a principio de año, comencé a añorar las cosas de mi pasado inmediato. A veces creo que de los 15 me salté a los 18. Así de literal. Eso explicaría todo, ya que para los quince, yo era aún un niño. Entonces comprendí a Isabel Allende y a tantos otros exiliados de su patria. Y releí sus aventuras y me acongojé con sus recuerdos. Y pensé que, si bien nunca volveré a mis viejas tierras; a esas que me dieron a luz, si bien puedo vivir de esos recuerdos, que al ser suficientemente antiguos, agraciadamente no he olvidado.

Popurrí es un fenómeno de sentimientos al azar. Es la pecera que dejó en mi cabeza cuando estoy muy enredado. Tomo las pelotitas de colores al achunte y me entretengo haciendolas coincidir unas con otras, con la sensación de que nunca debieron verse juntas. Así me ordeno la vida, entre recuerdos y olvidos, páginas y letras, alegrías y penas, verdad y mentira. Popurrí es lo que hago hoy con mis historias, las entremezclo en una sola y les doy sentido lineal. Donde veo que todo, realmente todo, en voluntad del Destino (como suelo llamar a Dios), guardaba un sentido perfecto.

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