viernes, 22 de julio de 2011

Una vuelta por Narnia

Se sentó en el borde la cama y clamó con todas sus fuerzas. Repitió las palabras de Lucía como si la isla oscura fuera su propio cuarto: “Aslan, si nos amas ayúdanos”. De pronto la habitación se tornó gris y de a poco la luz de la ventana se fue opacando. Daniel intentó abrir la puerta pero estaba trancada, así las ventanas y cualquier forma de salida. A medida pasaron los minutos la oscuridad se hizo plena y en medio de toda la escena, las cosas comenzaron a desaparecer. El joven retrocedió para caer en su cama pero no había nada detrás, ni cincuenta metros cerca. Estaba atrapado en medio de la nada, fue allí cuando gritó con todas sus fuerzas y se tiró al suelo en señal de protesta. “Aslan, no me puedes dejar aquí; ten misericordia”. De pronto, un aliento de vida le llegó al rostro; suficiente energía para levantarle. “Tú pediste venir a mi tierra, pues así se llega”. Daniel no podía ver al León, pero sentía su presencia tangible en todo el extraño lugar. Se tambaleó del lugar donde estaba y de pronto comenzó la caída libre más asombrosa de la historia. A su alrededor comenzaron a aparecer luces pequeñas, miles de ellas y pronto comprendió que eran estrellas; minutos más tarde todo se aclaraba y la oscuridad se disipaba por un azul que cada vez se esclarecía más. La sensación de caer era veloz pero suave, la velocidad no era proporcional a lo que Daniel podía experimentar con los sentidos. Para él, el descenso era similar al de una pluma. De la nada apareció el punto de la tierra y en ese momento comenzó a acercarse de manera exorbitante. Temió caer de golpe y morir, pero cuando las nubes le inundaban el rostro, sintió que alguien le tomaba por la entrepierna y le ajustaba en un cuerpo volador. Nada menos que Volante salvando el momento. Daniel lo abrazó en recuerdo de sus viejas aventuras, y juntos, sin hablar más que con la mirada, descendieron a las tierras del norte. Allí estaba otro caballo esperando el regreso de un escogido, era Bri que relinchando celebraba la llegada del héroe. Bajó el joven sin sobresalto y se encaramó en el lomo de su otro fiel amigo, tras una breve despedida tomaron rumbo al norte; siempre al norte. Y avanzaron hasta ver en el fondo el castillo de Cair Paravel y conversaron hasta que cayó la noche y Daniel pudo encontrar a más de sus amigos. Era Ripichip, el ratón de gran corazón que le recibía en esta tierra nueva. Bienvenido a la Narnia Eterna, le dijo con el esplendor de la escena. Atrás, Caspián, un joven como el de los primeros días, le recibió con un caluroso abrazo. Seguido por la reconfortante escena de ver a los Pevensie y al resto de los niños ya convertidos en adultos. Daniel tuvo que renunciar a la larga plática para hablar en seguida con Eustaquio, necesitaba aclarar dudas sobre sus ultimas conversaciones. ¿Era aquél el fin de la vida? ¿Luego de haber sido convertido en dragón, se logra revertir el hechizo? Eustaquio conocía la respuesta pero no alcanzó a recitarla porque el Gran León meció su melena a escasos metros del joven. Con temor reverente Daniel corrió hasta abrazar a Aslan, y en ese abrazo de amor y cariño, obtuvo las respuestas que buscaba. Esta vez no era un albatros lo que necesitaba, ni tampoco un hechizo para acabar su delirio. Aslan fue especifico; “Necesitabas morir”. Entonces Daniel tomó su espíritu y se levantó y temió en gran medida por no haber cumplido su propósito en la tierra. ¿Entonces ya nunca volveré ahí?, preguntó. “No he dicho eso, hijo” – respondió Aslan soplando aliento de León sobre Daniel, fuerza que lo devolvería a su tierra en pocos minutos – “Quise decir que necesitabas morir, para resucitar en Su Espíritu y demostrar así la gloria del Rey”.

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