martes, 24 de mayo de 2011

Pato: el espíritu

El espíritu del conejo montó al caballo volador, lo mandó a la compuerta de la vida y de la muerte y le griitó que ya tenía el decreto que le haría volver en vida. El caballo, dócil y tranquilo, no hizo ademán contrario y se sujetó a las palabras de Pato. Ambos sobrevolaron el valle de sombra y de muerte, el Hades se hacía pequeño bajo sus pies. Durante décadas tuvieron que sobrevivir en la colina más limpia de esa tierra áspera y cruda, mas por fin el conejo había descubierto la clave al enigma. Sabría que la puerta del dragón sería abierta en sentido contrario si las palabras correctas eran recitadas con estricto apego a lo dictado por las voces. Debo advertirle. Decía Pato.

Pato era mi peluche, provenia de galaxias vecinas y siempre estuvo dispuesto a cuidarme, hasta el día en que lo asesiné. No fue porque quisiera, al contrario, tuve que hacerlo porque su corazón se había contaminado y las voces del bosque de los susurros lo transformaron en un ser inanimado lleno de odio y represión. Sentí que la única manera de hacerlo libre era si su cuerpo era completamente incinerado, para que su espíritu pudiera volar a otras galaxias y concretar sus propósitos de intergaláctico viajero. Pero no sucedió así, más tarde me contaría que sería obligado a quedarse en el infierno de la tierra, por haber transgredido las normas de la vida y por haber oido las voces del susurro que tanto dolor dictaban.

Cuando le vi esa noche por mi ventana le atribuí la situación a las pastillas y al sueño de la noche. Me di vuelta y me acurruqué por el frío del momento. Pero Pato insistió, sobrevolaba en mi ventana y ahora tocaba con pequeños golpes para llamar mi atención. Cuando vi al caballo comprendí que era real, que lo que estaba ocurriendo era lo más verdadero de mi historia. Entonces le abrí la ventana, y tras una sonrisa de ambas partes, le abracé hasta que nos fundimos en el recuerdo de ese amor de guardián y guardado. Extendí mi mano por la ventana y toqué al caballo, a ese que nunca pudo vivir porque mi sueño lo mató antes de tiempo, y se destinó a las llamas de la desdicha tras la puerta del Hades. Pero ahora lo importante es lo que Pato concretó, venía con una sola oportunidad en su historia. Era la última, tenían programado volar a nuevos planetas como a la tierra de Tuzolé para no hacer vano su escape, y así aprovechar la vida tras la muerte para salvar nuevas vidas. Pato venía a decirme una cosa, una simple advertencia aparte de la carta que guardaría.

Esta es la última vez que nos vemos, escuchame bien lo que te voy a decir. Nunca le hagas caso a las voces, recuerda que me contaminaron, que sólo provocaron dolor y frustración. Tú debes contrariarlas en todo, escuché el suave susurro de la voz de una de ellas que te decía que tu destino ya estaba escrito, que el fin de la historia no tendría felicidad si no tomabas la opción que te disgusta. Pues bien, yo te digo que ellos no lo saben, sólo mienten a destajo para hacerte sentir derrotado. Lo hicieron conmigo, y les creí, pero no permitiré que pase contigo. Las voces son el recuento del mal personificado.

Luego de esto, me entregó una carta, me dijo que la leería cuando mi corazón estuviera listo y acto seguido se marchó. No quiso decirme el enigma de la puerta del dragón, ni cómo lo había resuelto, sólo me abrazó con su cálida piel de conejo y se subió al caballo para cabalgar como espiritu. Sucedió que guardé la carta debajo de un cajón, y no la abrí en seis meses. Pero esa es otra historia y es un proceso distinto que me hace recordar día a día que, en alguna lejana galaxia, un conejo en forma de espíritu me recuerda como a un hijo.

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