sábado, 14 de mayo de 2011

Érase una vez 2

Érase una vez un niño que enloqueció porque la vida le enseñó que nadie es perfecto. Desesperado se entregó a la perdición y se enamoró de ella, se enamoró tanto de cosas absurdas que cuando se las quitaron fue como si le hubiesen arrancado parte de su alma. Esta es la historia de un niño que enterró su alma y que con ello pactó la vida de una tierra, la historia que muestra cuán crudas son las consecuencias de actos interesados, de cómo la retribución de justicia se vuelve en tu contra cuando eres uno de esos escogidos. Érase una vez Danyleo.

Sin premeditar en los eventos, sin el coexistir de una planificación mixta al esquema del suceso, el porvenir suspendió el destino en una historia triste. Vana y Mentirosa. Un cuento sinico y desprestigiado, humillante y pérfido. Se trataba de un acontecer ridiculo que menospreció la siembra de años. Lo conocí todo, grandes paraísos, enormes edificios, majestuosidad medieval, a un Padre de Luz, todo cuánto una alma podría pedir. El menoscabo de la perdición declaró su sentencia y al preveer un error se dictaminó juicio. Lo blanco se transformó en negro, primero en la mente; luego en la piel y finalmente en el mundo completo.

Navego por un paraiso sin árboles, por un jardín sin flores, por un invierno eterno sin vegetación. Dónde la extinción desfavoreció la belleza y plantó un espectáculo de terror y angustia. Viajo por tierras lejanas a mi hogar, por lugares que nunca pensé visitar. Recuerdo con melancolía esas habitaciones del palacio real donde no faltaba nada y me hundo en los recuerdos destructivos de una vida adolorida.

Hace un año jamás creí que pasaría lo que iba a pasar, hace un año me sentía la mitad de mal de lo que me sentía luego. Éramos felices en nuestros parámetros de alegría. Hasta que llego la fecha, ese sábado, esa larga conversación por celular que me obligó a llorar por horas. Recuerdo que salí a un rincón de la casa y le escuché a sabiendas de que sería la última vez, y luego temblé porque mi vida estaba cambiando de nuevo, porque el horizonte que tenía en frente se volvía a apagar. Porque el sol era falso, y la luz del día un espejismo. El frío de esa noche helada en una playa desierta me corrompió por meses.

Mi perturbada mente no sabía qué pensar, no sabía qué creer. Vagó entre los amigos y se desesperó en buscar la compañía perfecta. Cigarros, alcohol, pastillas, una noche en un terreno baldío. Corrimos a pesar de las pozas de agua, tomamos hasta quedar perdidos de la realidad. Necesitaba salir de mi historia, de mi presente, de mi pasado. Lo futuro desapareció, y el carácter retroactivo de la realidad se afiató a la historia. Sufrimos por placer. Estaba a menos de una semana de ser internado en esa clínica, a pocos días de volverme loco, de cambiar la ruta de mis pensamientos y enfocarlos hacia un punto sin retorno. Tal vez en el fondo lo sabia, tendrían que pasar meses para la próxima vez que saldría de noche sin mis padres. Mi amiga, ella me abrazó apenas me vio, lloré en su hombro hasta hacerme pedazo y luego caminé para hacer la hora. Era tarde y no volvía a casa. No podía retornar a una realidad sin un sol, por falso que fuese. Pero tuve que volver, y cuando regresé me di cuenta que prefería otra realidad. Que prefería mil veces caer por el agujero de ese conejo con reloj y volar con Alicia a la tierra de las maravillas, un inframundo capaz de entregarte tus sueños reales. Por eso culparon a Jonhy Deep de haberme trastornado, porque coincidió el filme que atravesó mis ojos con lo que me atravesaba el alma.

Lo siguiente fue muy distinto, érase una vez el niño que quiso dejarlo todo por amor, y que en su lugar, lo metieron a un manicomnio...

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