miércoles, 27 de abril de 2011

Vivo en muerte

Retomé un flujo consciente cuando sentí el olor de mi esposa, era su perfume francés que impregnaba cualquier lugar donde ella estuviese. Un par de ruidos sobre mi cajón y otros crujidos me acercaron al olor mortal. Por fin estábamos juntos en el más allá, pero dos corazas de madera nos separaban. Luego de eso han pasado cientos de años, han puesto otros cajones arriba que no he identificado ni por los ruidos ni por los olores. Hubo un día en que escuché gritar “Manuel” por la boca de Bernarda; debe haber sido él el muerto. No lo tengo claro. Lo que sí, es que desde que morí todo se ha vuelto un permanente agobio. Tal vez éste sea el infierno, el entierro, los insectos comerme de a poco y sentirlo todo, no poder abrir los ojos cuando lo deseas, es todo tan doloroso; era cierto, te despedaza el alma. El día en que morí estaba trabajando. Era ministro de la Corte de Apelaciones de Talca y el relator estaba contandonos la causa que iba a ser considerada en la sala posterior. Caminé hasta el estrado hasta que sentí un dolor en el pecho. Me agolpee contra el suelo, las piernas no me respondieron. Mis brazos se durmieron a tal punto de no reaacionar, y yo, indefenso caí en la confusión. Siempre me caractericé por ser alguien inteligente, no hay duda, pero qué haría ahora. Intenté mover la boca, hacer algún gesto, pero nada. Los médicos me declararon muerto, mi corazón no latía, no respiré nunca más y me vistieron de terno para ponerme en un cajón. Todo eso lo vi con mis propios ojos, inclusive cuando el doctor me abría el pecho sin provocarme dolor alguno. Pero lo poco de paraiso que había se acabó cuando esos dedos, los de mi joven esposa, cerraron mis párpados apagando la luz del día por la eternidad. Luego me aferré a los ruidos, al mover del olfato. Por días sentí el ajetreo de la caja que se movia, luego el olor a las flores y finalmente el último encaje en la fosa. Allí quedé enclaustrado, escondido en mi mente, ahogado en lo eterno. Vivo en la muerte. Dulce presencia es su perfume que me permite recordar las épocas de antaño, cuando éramos felices. Ahora estamos más cerca de estar juntos, mi sueño es que las maderas se corrompan, que las lombrices las desgasten para que podamos tocar lo que queda de nosotros. Del Polvo fuimos, al mismo vinimos. Apenas siento mi cuerpo, como no veo, infiero que debo estar en los huesos, pero eso no es límite para la historia porque a cada terremoto presiento que todos podemos salir de aquí. Tal vez algún día los científicos se den cuenta que la muerte es el ciclo final del cuerpo, pero que encierra a la mente en un cuerpo inservible. ¿Qué harán para remediarlo? No lo sé, son sueños para esta pesadilla, pensamientos vagos que prefiero evadir. Vuelvo a lo mío, esa autohipnosis de concentrarme en el negro que me rodea y alcanzar una paz plena en el vacío mismo de la mente. Olvido mis pensamientos de a poco, y me acostumbro al olor de mi mujer muerta sobre mi, pronto será turno de que el polvo se junte con el otro polvo, y seamos todos el mismo polvo. Tal vez en ese momento, yo, vuelva a ser feliz. Por mientras, miraré fijo detrás de los párpados y buscaré la respuesta a las filosofías de antaño, así el tiempo se pasa más rápido, es menos doloroso, y el fuego interno, no quema tanto.

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