jueves, 16 de diciembre de 2010

El último reino

Subieron al bus que los llevaría hasta la deseada ciudad. El viaje fue rápido y sin desabruptos, las cosas se dieron para que los visitantes llegaran pronto a las tierras malditas. El hotel era de lujo, los ventanales daban a la hermosa ciudad recién fundada. Las calles, imitando el toque barroco de la roma clásica, relucián ante el color marrón de las grandes construcciones. Nada de cemento o espejos. Era volver a los siglos anteriores con las comodidades del presente. Recorrieron las calles hasta que el pequeño David notó el principio de la maldad. El agua era verde. El agua de un pequeño canal que recorría la ciudad estaba contaminada. Todos lo sabían, un extraño patógeno afecto las aguas hasta hacerlas cambiar su color. Nunca nadie la probó, por mandato real, las aguas no debían tocarse.

Desperté en un terminal lleno de buses, ojos, narices, lágrimas y una cámara en mi bolso. Retrocedo la cinta, hay pequeñas luces de cómo llegué hasta aqui. Un taxibus, gente, lloro por Pato. Me acerco a una pared, lloro por la laguna. Hay un teléfono público. ¿Mi casa? No puedo, huyo. Sólo recuerdo que huyo. Recito un número de memoria ante el teclado e inserto la moneda. ¿De donde saque este dinero? Pato, lo extraño. Alo, estoy perdido, aló, ayuda, por favor. Alo, no escucho, ¿alo?, ¿hay alguien que esta ahi? ¿Alo?. Alo, por favor. Un sonido corta la llamada. Crisis, me siento en una esquina hasta recordar otro número. Aló, estoy perdido en talca, ¿me escuchas? Sí, ¿que pasó? ¿dónde estás? La llamada se corta antes de poder hablar, no me quedan mas monedas. Estoy solo, perdido, rodeado de gente, sin poder recordar nada. ¿De qué huyo? Mis manos tiemblan, mi mirada se dilata, mis piernas se duermen.

La primera parada dentro de la estructura visita era al castillo real. El curso completo, con sus familias incluidas, ingresaron al recinto que albergaba al último gran Rey de la historia; al único monarca despota que había logrado fusionar el autoritarismo con el liberalismo de la democracia. El lugar era hermoso, no pudieron tomar fotos de ningún cuarto, pero sin duda guardarían esas imágenes para siempre. Por lo menos así sería para David, sin imaginar que otra visión se quedaría en la mente hasta el último. La imagen de esa niña por la ventana le impactó. Sucia y con las vestiduras rasgadas. Era imposible vislumbrar pobreza en la ciudad más civilizada del mundo. Sirvieron un trago especial para la ocasión. El único que no tomó fue David, contraindicación médica. Era tiempo de ver a su majestad. Cubierto por un velo se presentó desde su asiento presidencial. Todos, boquiabiertos, se inclinaron ante el ser más inteligente de la tierra. Mas David dudó. Comenzó a notar algo raro en todo aquello. La visita había terminado y era tiempo de volver al hotel para largarse a casa. Muchos otros debían venir. David no lo comprendía, no habían visto al gran Rey, no habían visitado la ciudad a pie, ni tenido algún contacto con los habitantes de la ciudad. Se fue, se apartó del resto de la gente para averiguar algo. Recorrió las calles sin mirar atrás, cruzó pequeños y hermosos puentes sobre un agua verde. La siguió hasta el final, hasta que llegó a los confines de la civilización. El río se acababa, el agua caía de un tubo redondo y grande. Un hombre recogía el agua y la metía en un camión. David sintió el llamado en su celular, el bus estaba por partir. Corrió pero no lo alcanzó. Lo dejaron allí.

Vale, ella está en el hospital. Queda cerca, camino como puedo hasta llegar a la puerta. Mi celular no funciona, esta negro. Pido llegar a informaciones, un guardia me indica un camino externo. No alcanzo a llegar, mis piernas no me lo permiten, me siento en un roca y me duermo sobre mis rodillas. Me pierdo unos segundos pero al despertar recuerdo los últimos acontecimientos, la llamada me despertó; el teléfono volvió en sí. Es mi amiga que viene hacia aquí. Un alivio me sobreviene. Comienzo a respirar como mi padre me lo enseñó. Inhala, retiene, exhala. Nos encontraremos en urgencias. Como puedo vuelvo hasta ese lugar y me siento afuera de una carpa improvisada. La gente pasa, cada una con sus propios achaques. Llega el guardia y cierra la puerta de entrada. Un miedo me atraviesa, pero es sofocado por la visión correcta de verla llegar a tiempo para pasar. Me abraza y lloro un rato. ¿Que haces aquí? No lo recordaba.

David corre hasta el hotel y se sube al segundo bus que parte. Tuvo suerte de alcanzar la rutina de los apoderados, pero algo raro volvía a pasar. Estaban todos durmiendo. Mamá estaba sentada junto a Papá sólo respirando. Despierten, por favor. Nada pasó. David miró por la ventana y lo vio: eran miles de personas de pie como muertas. No pudo más, arrastró a sus padres hasta despertarlos y los sacó del bus. El conductor no dijo nada, sus ojos rojos lo tenían hipnotizado. ¿Que pasa hijo? Corrimos hasta volver al límite de la ciudad. David temió por esos cuerpos exánimes, ¿que les sucedía? Una llamada cortó la tensión. Tomaron del agua verde, susurró la voz real. No intentes escapar, te atraparé, ya la tomaste. David recordó el cóctel en la mansión, miró a sus padres, ojos rojos. El miedo le paralizó.

Busquemos a Vale. Ella está aquí. Mi amiga me consciente pero la señora no nos ayuda. No hay psicólogos hoy aquí, dice sin inmutarse. Mi plan se ha acabado. Necesitaba decirle algo, hablar con ella. Pero a esas alturas ya había olvidado el motivo de la desesperante búsqueda. Aló, papá. Para ese momento había olvidado que huía. Caminamos con mi amiga hasta un lugar con pasto. Tomo mi cámara y filmo el cielo. Conversamos, lloro, intento recordar, un dolor punzante en la cabeza me obliga a recostarme, duermo y de a poco las cosas se vuelven cada vez más nítidas. El miedo a lo desconocido desaparece y mi mente se esclarece. Agua Verde, repito consciente. ¿Que hago aquí?

Se escondió en la ciudad, armó un campamento esa noche. Recostó a sus padres que de a poco iban perdiendo la sensibilidad del cuerpo. Cuando estuvieron seguros, se infiltró en el castillo. Recibió otra llamada: Te estoy viendo. Corrió, arrancó por las calles observando el poder del caudal verde. Recordó, “no beban, está contaminada, es veneno”, luego vio al hombre sacando litros de esa fuente que daba curso a las aguas de la ciudad, y por último, antes que los guardias lo tomaran, recordó el vaso rechazado por su boca, el color rojo de esa bebida envenenada. En un impulso bestial empujó a los captores y se lanzó al canal. Bebió como nunca antes, hasta que sus fuerzas se multiplicaron, y pudo vencer a los cientos de hombres que el gran Rey, escondido en su velo, había enviado. Lo arrinconó, y lo encierro en su propio castillo. Sin pensarlo le doy de beber a los habitantes de la zona del agua verde, al contrario de mis habilidades supernaturales, ellos vuelven a la normalidad; la reaccion química se neutraliza y pueden ayudar a otros. Es tiempo de desenmascarar al gran Rey, al que se hace llamar Luis VII y que dice haber implantado el Cuarto Reich. Estamos solos cuando el dolor de cabeza se vuelve insoportable. Mis oídos sangran, pero mi poder curativo ejerce su acción. Me acerco a pesar del viento que se levanta sobre el viejo hechichero, y casi al borde de la destrucción total saco el velo de su rostro. Es el mago de oz. Su cara desaparece como en un hechizo, y el mundo se vuelve distorsionado. Las paredes caen y todo se convierte en caos. La ciudad pierde su esplendor, sólo hay buses, ojos, narices, lágrimas y una cámara en mi bolso. Acabo de despertar.

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