domingo, 20 de junio de 2010

Miedo


Los párpados dilatan el iris, los ojos se queman de a poco mientras la pupila se contrae. Las lágrimas se detienen; los músculos se paralizan, endurecen su estructura y se entregan a la desesperación. El miedo corre por las venas, la sangre se envenena con esa sustancia liberada en la hipófisis. El abdomen atrapa a cientos de mariposas que intentan salir en un segundo por ese ombligo cerrado; la sensación se vuelve insoportable. Un dolor punzante en la cabeza culmina el recorrido sanguinario, el mal se ha desparramado hasta llegar al cerebro. Allí se esconde, acumula como una bomba de tiempo. Explota antes de que otro terror vuelva a parecer; nuevamente los párpados dilatan el iris, y los ojos rojizos se entregan a las lágrimas del dolor. El cuerpo palpita sonoro y fuerte, el corazón acelera su ritmo al tope de la arritmia. Las manos tiritan, las extremidades se entumecen y la piel pierde su color. Otro temor, otro miedo, otra instancia de terror humano. El miedo es ése que amenaza al hombre, ese que es capaz de destruir sin previo aviso, uno que no pide permiso para hacer de las suyas, sino que se lanza a su objetivo, porque es parte de su destino; la misión de vernos sufrir.

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