miércoles, 9 de junio de 2010

Redención

¿Qué hice para que me salvaras? Los tuve frente a mí, me recorrieron con autoridad; me encapsularon en un torrentoso mar de confusión, mas tu amor me alcanzo. No lograron matarme, pude notar la frustración en sus ojos mientras subíamos el ascensor de cristal, ese que nos llevó al décimo piso. Me encaminaron hasta el gran árbol, me doblegaron hasta hacerme uno con éste. Recorrí las raíces con el dolor de un ser arrastrado, luego me lanzaron al mar. Sin armas pensé que moriría, creí que lograrían su cometido pero tu amor fue mayor. Me lavaron impregnándome de maldad, mismo mal que resbaló gracias a ti. Volvimos al árbol, me tomaron y me colgaron desde la copa. Lo que debía ser paz me atormentaba desquiciadamente. Gracias por no dejarme morir. Regresamos al ascensor de cristal, y a pesar de los susurros, no caí en el juego. Clamaba por ti en territorio enemigo, y fuiste fiel a pesar de mi idiotez.
Ella los invitó, la vieja bruja untó sus manos en aceite y recorrió mi cuerpo pidiendo ayuda. Espíritus, seres oscuros, seres de luz, maestros, guías, todos acudieron a mi ceremonia mortal. Lo prepararon con tiempo; estaban decididos a matarme; y si no hubiera sido por ti, habría sucumbido a los susurros. Mi cuerpo cansado, mi mente agotada, no podía salir; estaba atrapado en un valle mortal. Y sin yo querer, tú me ayudaste. Gracias, porque el amor me salvó. Recuperé la conciencia, y ante la mirada de las dos espiritistas me incorporé con la cabeza en alto. Nunca más veré a la vieja bruja destinada a encaminarme, porque las voces callaron, porque el viento arrasó y el silencio, perfecto y leal, me traspasó hasta apaciguarme. Silencio que me apremia con libertad, amor incondicional, perfecto amor de padre; Gracias.

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