domingo, 27 de junio de 2010

Confesiones

Querido diario: los últimos días han sido difíciles y duros, las raíces de amargura sembradas en mi corazón cobraron venganza ante los eventos del destino. Lamento contarte que hemos fallado, una vez más he sucumbido al encanto de voces mentirosas. No es algo grato, de eso estoy seguro; porque el dolor de tal acto ha culminado por devorarme las entrañas.
He estado pensando mucho, y la reinvención del ser parece ser la respuesta a la interrogante de mi estado. Es un trabajo tedioso que conlleva un tiempo inconmensurable. Sinceramente me ahoga la sensación de ver pasar los días tan rápido, me agobia la lentitud de este duro proceso marcado por la soledad y el vacío.
No he decidido, tal vez nunca lo haga; sólo seguiré manteniéndome alerta en busca de nuevas oportunidades. No olvidaré nunca el pasado oscuro que me presiona con ardor, no puedo olvidar las circunstancias que me transformaron en este príncipe mal aliado. La añoranza de lo que perdí parece ser la única motivación de la vida. Una estrecha relación con quienes alguna vez amé.
La medianoche dicta los albores del corazón. La luna, majestuosa, observa y calla ante el renacer de una vida. El mundo se detiene para concebir un nuevo ser; uno que volvió a la vida, luego de haberla perdido. Sueño. Ese es mi anhelo, recuperar la vida que alguna vez me fue robada.
Un soldado fue ultrajado, la pasión del enemigo fue mayor que la de su propio clan. Luchó hasta morir, hasta ver como las tropas del dolor tomaban posesión del único trozo de tierra bien ganado. El soldado, desconcertado, perdió el sentido de la realidad, el tiempo y los sucesos que vinieron parecieron ajenos a la vida real, dulces ensueños que embalsaman las heridas de la batalla. Sin embargo llega un momento donde el honor descubre la pirueta del contrincante, humillada planea el retorno a la guerra; volver a la batalla con la frente en alto. Parece un sueño más de entre las pesadillas de la realidad. Pero no, el honor de un General es mucho más fuerte que el dolor de haberlo perdido todo. El soldado se pone de pie, camina, está herido pero la adrenalina lo mantiene lúcido. No se rendirá; no me rendiré. Acabaremos con este mal haya pasado lo que estaba escrito, y continuaremos con el flujo de la historia, porque al momento en que el soldado se rinda, el mundo colapsaría; y las fuerzas del cosmos sucumbirían a la crueldad del fin. Querido diario, he tomado mi espada, y me pongo de pie, porque sé lo que se viene, y por nada del mundo me lo perderé.

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