domingo, 25 de abril de 2010

El Niño del caballo

Es imposible intentar mezclar los dos mundos que me dieron a luz. Puede ser por la fugacidad de los recuerdos. No podría considerarme amante de uno de ellos, los amo a ambos por la misma contrariedad que inspiran. Nunca olvidaré esas mañanas en que salía a mirar el valle de mi abuelo; esas extensas zonas de pasto verde, la naturaleza personificada como nunca antes, el ajetreo de los autos transformarse en la señal de la modernidad, bocinas, smog que aspiraba como droga, la casa de mi madre estaba en plena capital. No aguanto mucho tiempo estando en un lugar sin visitar el otro, luego de años de la muerte de mis precesores aun necesito recorrer esos espacios que me dieron la vida. Mi abuelo fue el padre que nunca tuve, dicen que el real se perdió en la guerra pero nunca lo creí. Mi abuelo era un viejo huraño que vivía en las faldas de un cerro de la cuarta región. Su propiedad era mucho más grande que mi pequeña casa de Santiago, allá era donde vivía mi madre, la misma que trabajaba siempre que yo estuviera consciente. Ellos no se hablaban, no entiendo por qué ni para qué.
Ahora eso no importa porque la mañana en que me perdí todo cambió. No entiendo qué pasó, creo que fue el hermoso caballo que me invitaba a una aventura inolvidable. Lo noté en sus ojos, quería hablarme, quería decirme que yo era su niño y que como tutor, me enseñaría el mundo de mis raíces, me daría identidad. Me subí sobre él y corrimos por todo el valle central, revivimos la magia del valle de Elqui hasta atravesar el desierto más árido del mundo. Recorrimos el mundo en un galope de nunca acabar, conocí las culturas de mi Latinoamérica durante siete años. No comía, no dormía, me dedicaba a observar. Fue así como miles de impresiones quedaron en mi retina, en minutos pasaba del campo más hermoso en las ruinas de Machipichu a una moderna ciudad Venezolana. Amé el Amazonas y las cataratas de Iguazú, conocí todas las costas del Pacífico y del Atlántico, las peligrosas ciudades, e incluso las islas que gracias a las alas de mi tutor pudimos visitar.
Fue una tarde de febrero en la que tenía sólo nueve años. Ya tenía una percepción de las dos realidades del mundo, pero nunca la había entendido a plenitud; esa fue la razón de la por qué el animal me eligió. Conservo el recuerdo de una madre distante pero hermosa, más hermosa que cualquier mujer en el mundo, y un abuelo solitario pero cálido. Luego de esos recuerdos paso a mi caballo. Me dijo que el viaje estaba por terminar pero no le quise creer, aún nos faltaba demasiado por recorrer. Se quejaba de su vejez para negarme el cruce del Pacífico. Yo siempre le dije que con un poco de fe, todo sería posible, solía sonreír luego de esa frase como conociéndola a perfección.
Por fin estábamos de vuelta en la tierra donde nací, y categóricamente puedo decir que es la más linda de la tierra. Es la única donde podemos recorrer todos los climas y lugares del mundo sin tener que cabalgar demasiado. Hace ocho años que no arribaba en estas tierras, y por primera vez pude conocer el extremo más frío y emocionante de este largo Chile. Me paré en el fin del mundo, bajé de mi caballo y miré a esa tierra invisible anhelante de conocerla. Mardoqueo reunió fuerzas para sobrevolar el Cabo de hornos, así pudimos aterrizar en el polo sur, en el lugar donde el mundo termina.
No digo que quiera volver en el tiempo porque sería un gran error. El caballo me ha mostrado que ellos han sufrido mucho, pero creo que ha valido la pena. Cuando los volví a ver, me sentí diferente a ellos, ajeno a sus vidas. Es porque no soy la misma persona, ver tanto te cambia. Mardoqueo paró en un campo asqueroso más parecido a un basural que a lo que solía ser. Miré los ojos de ese caballo castaño y supe que tendría que caminar. Lo hice admirado e ignorante del lugar en que estaba, hasta que lo reconocí. Fue el castaño el que me mostró el hogar, ese castaño de catorce pisos de alto que solía escalar a los cinco años. Bajo éste yacía mi abuelo, un cadáver sonriente y austero. Su cabello nunca envejeció, ni su piel se secó, estaba como cuando dormía esperando mi regreso del juego. El caballo se sentó a mi lado, y supe que mi abuelo me estaba esperando. “Aquí estoy” le dije derramando una lágrima en su cabeza. La gota le permitió descansar, al entrar en contacto con la piel se transformó en el ente asolador del tiempo. En breves segundos el cabello se volvió blanco, y la piel se fue resecando. El cuerpo desapareció convertido en polvo, listo para su estadía eterna en el mundo de los siguientes. Monté a Mardoqueo con sentimientos de dolor y alegría, ambas emociones tan contrarias, como mi vida, pero tan complementarias.
Corrimos hasta llegar a la capital de mi infancia, necesité un segundo para acostumbrarme al hermoso hormigueo que me producía ese ajetreado smog. Supe que tendría que entrar a la vieja casona, estaba a punto de ver a mi madre. Me miró desde su silla, intentó recordarme pero no pudo así que me senté a su lado mirándole a los ojos para que estuviera segura al momento de morir. Le tomé la mano y le juré siempre estar con ella. Pude ver una sonrisa, cerró sus arrugados ojos y se entregó al destino, pero no sin antes pronunciar mi nombre con el último aliento que le quedaba en las carnes. No desapareció su cuerpo, pero ella ya no seguía allí. Besé su veterano cuerpo, sentí el dolor de su ser sin mi y por primera vez odié a Mardoqueo. Lo odié por haberme llevado, por no haber dado razones. Salí enrabiado, con los ojos perdidos en una ira sin control. Lo encaré, le grité enajenado del mundo en el que estaba. El caballo me tomó y me llevó hasta un lugar donde nunca antes habíamos estado. Sin darme cuenta ya estábamos volando por el Pacífico, preparados para atravesar el mundo con los vientos de la troposfera. Y así llegamos al otro extremo, el que nos faltaba visitar.
Ha terminado, me dijo. Por primera vez detecté un terror en los ojos de mi caballo. El viaje de mi vida había acabado y en el fondo sabía que yo no tenía sólo diecisiete años, sino que me había pasado la vida entera con ese animal tan mío. Décadas, me dijo, contigo. No te quise dejar, hijo, por eso volví para mostrarte todo lo que valía la pena en esta oscura vida. Mardoqueo era el padre muerto en batalla, ese que no se conformó con el destino de la existencia, sino que volvió para hacer valer la vida en mí. El frío dejó de afectar mi mente, y abracé a mi caballo con una ternura única. Te amo, le dije derramando la lágrima mortal.
Tardé años en volver al valle de Elqui. Sin mi caballo no pude volver a volar nunca. Cuando llegué a la tierra donde la conocía me di cuenta que ya nada era lo mismo. Habían pasado siglos desde mi nacimiento y mi cuerpo comenzaba a exigir el tiempo perdido. Tuve que elegir el lugar donde moriría así que me encaramé al viejo castaño.
Y aquí estoy, mirando el mundo completo, de aquí tengo la panorámica. Puedo observar esos hermosos prados y bahías, mi hermosa cordillera blanca y las selvas de la zona sur. Puedo mirar más allá incluso, recordar esos momentos de mi vida, todos y cada uno. No quiero cerrar los ojos porque éstos han sido mi alimento, sin embargo siento que ellos son los que me matarán. Ahí viene, no es tristeza, es una alegría eterna, una satisfacción de la hermosura de mi vida, no es una lágrima, son muchas las que ya no puedo retener.
Llanto que me susurra la felicidad del destino.

2 comentarios:

pedro dijo...

para de escribir tan bien maldito bastardo! jajaja

Un cuerpo sin alma con un corazón roto dijo...

Enséñame a escribir!! -.-

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